· 

El misterio del aullido errante

ESTADOS ALTERADOS

Por Alejandro Crimi

(Salou, Tarragona)

 

Corría el año 2019. Era el lunes de una tibia mañana de verano. Una brisa fresca entraba en la habitación y alimentaba el deseo de prolongar el descanso. Y mientras todo fluía con tranquilidad, ocurrió algo imprevisible: un aullido desgarrador deconstruyó mi paradigma onírico y me hizo saltar de la cama. 

Mi esposa Ludovica, sin despertarse del todo, abrió los ojos de repente. Un perro ladró a lo lejos. Eran las 08:03 hs. y me invadió el presagio de una tragedia. 

Salí corriendo al balcón, esperando lo peor. Mis ojos escanearon el exterior pero no vieron a nadie. Todo estaba literalmente en su sitio. 

Interpreté que alguien había sido agredido. Durante los meses de julio y agosto, la noche de Salou suele convertirse en un desfile interminable de turistas desequilibrados por el abuso de alcohol, por lo que la hipótesis de una agresión física me resultaba verosímil.

Y mientras Ludovica seguía en la habitación con los ojos desorbitados preguntando "¿qué pasó, qué pasó?", yo decidí bajar a la calle. Quizás la persona agredida yacía en el suelo (¿acuchillada?), en un lugar que no alcanzaba a ver desde el balcón. 

Pero en la calle no había nadie. No ví ni charcos de sangre, ni calzados extraviados. Incluso el perro que había ladrado minutos antes se mantenía en silencio.

¿Qué había sucedido?

Sin descartar nada y frente a la imposibilidad de continuar durmiendo me dispuse a desayunar.

Inmersos en el reino de la conciencia y con el desayuno servido, con Ludovica especulamos sobre el origen de nuestro despertar. "¿Y si mataron a alguien y el asesino se escondió junto con el cadáver en el garage que hay abajo?", aventuré. "Mmmm, no. Mucho Netflix", contestó Ludovica. "¡Ya sé! ¡Lo tengo!", dije. "Son los vecinos rusos del 1º A, que practican el BDSM", agregué. "¿A las 8 de la mañana?, no, no lo creo. Además su habitación da al interior y nosotros escuchamos el grito aquí, justo abajo", opinó Ludo a punto de masticar su tostada con mantequilla y miel.

Durante el resto del día realizamos diversas hipótesis poco convincentes, como que el acto de violencia se habría producido a bordo de una bicicleta en movimiento y cosas así.

Todo parecía quedar en una anécdota misteriosa... pero tampoco. A las 08:04 hs. de la mañana siguiente otro desgarrador aullido volvió a hacernos saltar de la cama. Todo fue idéntico a la mañana anterior, pero un minuto más tarde. De nuevo se escuchó un "guau" lejano, y de nuevo salí al balcón.

¿Un loop en el tiempo?, ¿terror cuántico?, ¿un poltergeist?

Pero lo peor fue que en los días siguientes se repitió el fenómeno.

Todas las mañanas, apenas pasadas las 8 hs., un aullido retumbaba en las calles de mi barrio.

Los pocos vecinos que conocemos aseguraban no escuchar nada... ¿¡cómplices!?

Lo único que pudimos descartar fue la conjetura del asesinato, ya que no era posible que alguien muriera todos los días a la misma hora (el grito siempre era el mismo).

 

 

Con el tiempo, la epifanía sonora se convirtió en rutina, y al manifestarse ya no nos inquietaba como al principio. "Ha... sí... mmm, ahí está de nuevo el... bzzzzz", susurraba Ludovica desde su fase REM, cada vez que el extraño grito realizaba su acto de presencia. Y entonces lo normal era que a las 06:58 hs. saliera el sol, a las 08:05 hs. sonara el aullido, a las 08:30 hs. el despertador, y a las 08:45 hs. nos levantáramos a desayunar.

Y junto al proceso psicológico de naturalización del fenómeno, llegó la aceptación discursiva del mismo: "Bueno... mejor que el alarido sea a las 08:05 y no a las 03:45", me comentó una vez Ludovica. "Sí... Tratemos de dormirnos todos los días media hora antes y asunto resuelto", le dije yo.

Pero mi curiosidad no se dió por vencida y un buen día decidí poner el despertador a las 07:45 hs. para vigilar desde el balcón los posibles acontecimientos que surgieran.

Y así, como un Sherlock Holmes mediterráneo, al día siguiente me levanté más temprano y tomé posición –cámara fotográfica en mano– en un lugar estratégico del balcón. Se hicieron las 08:00 hs. y sólo escuchaba mi respiración. Pero cuatro minutos después, comencé a percibir a lo lejos un murmullo que iba aumentando de volumen a cada segundo. Y después de un débil ladrido de origen indefinido, el misterio se desmoronó: un vigoréxico de alrededor de 30 años venía cagando leches en contramano, desde Plaza Europa, a bordo de unos patines de 4 ruedas. Llevaba una mochila en sus espaldas, un par de zapatos en su mano izquierda, y aullaba como si le quitaran de golpe una zonda urinaria.

 

 

El misterio estaba resuelto, pero me faltaban piezas para entender mejor la etología del patinador. Así que me propuse ampliar la investigación. Conociendo parte de su rutina diaria, pude seguirlo e incluso filmarlo. Se trataba presumiblemente de un empleado que iba a trabajar todos los días a un negocio situado en las inmediaciones de carrer París y Passeig de Jaume I. En la mochila supongo que guardaba la ropa de trabajo y, como allí no le entraba nada más, llevaba los zapatos en la mano.

Tipo raro, ¿no?

 

 

Al terminar la temporada de vacaciones el vigoréxico desapareció y no volví a escucharlo. La verdad es que en varias ocasiones podría haberlo detenido, para intentar persuadirlo de que escojiera otra calle para aullar o de que al menos no gritara tan fuerte al pasar por casa. Pero no lo hice. ¿Por qué? Porque a Ludovica y a mí en realidad ya no nos molestaba. Eso de dormirnos todas las noches media hora antes, nos había solucionado el problema.

 

 

ACTUALIZACIÓN SETIEMBRE 2020

El retorno del aullido errante

(Salou, 19 de setiembre de 2020)

 

¡Última hora! ¡El Vigoréxico Aullador ha vuelto a aparecer!

Estos días, muchos transeúntes que recorrían las cercanías de la playa del Llevant han quedado estupefactos ante la aparición de este inquietante ser (¿de esta dimensión?). Y es que ahora, ha cambiado de horario y... ¡llora!

Su rutina ha cambiado, al igual que su estrategia expresiva. Se lo puede ver pasar por la esquina de carrer Nord y Carles Ribas en horarios que fluctúan entre las 11 y las 13 horas. Ahora lleva auriculares de gran tamaño y emite alaridos de dolor a un ritmo constante. "Bua, buaaaaaaaa, buaaaaaaaaaa, ha, haaaaa! bua, buaaaaaa", vocifera el Vigoréxico todos los días, mientras navega cagando leches a bordo de sus potentes patines de cuatro ruedas.

¿Por qué llora este año?, ¿se viene el fin del mundo?, ¿o sólo se trata de otra patética técnica de autoayuda para liberar tensiones a través de la catarsis?

Al verlo pasar llorando entre grupos de turistas atónitos que se dirigen a la playa, he pensado que quizás todo se trate de una infame maldición. Y creo que es hora de volver a investigar el fenómeno para desentrañar el misterio. 

Estos días estaré atento, cámara en mano, para intentar registrar la nueva modalidad de este particular engendro.