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Mi patología coleccionista

EXISTENCIALISMO ECLÉCTICO

Por Alejandro Crimi

(Salou, Tarragona)

 

Una de las características que distingue al Homo sapiens de otras especies animales es su afición por el coleccionismo, actividad que supone la manía de conservar objetos, sujetos o fenómenos, en forma compulsiva y con apego. Se trata sin dudas de una patología mental severa, no reconocida oficialmente por la psiquiatría.

No se conocen casos de gatos –por poner un ejemplo– que guarden compulsivamente y sin sentido plumitas de palomas o hilos de lana, en cambio es muy frecuente ver a seres humanos invirtiendo el tiempo de su efímera vida en acumular sobres de azúcar (glucofilia o glucosbalaitonfilia), sellos postales (filatelia), libros (bibliofilia) o conchas de moluscos (conquiliología). Incluso existen los coleccionistas seriales, que coleccionan distintas cosas al mismo tiempo.

En términos generales, los humanos coleccionamos caprichos (desde los 0 a los 18 años), fracasos (desde los 19 a los 50 años) y enfermedades (a partir de los 51 años). Pero existen innumerables subcategorías, algunas de las cuales resultan sorprendentes.

En mi caso personal, luego de abrazar el umbral de los 60, la patología coleccionista se me ha proyectado en tres ramas principales, las cuales detallo a continuación con la intención de generar algunos matices sobre el tema.

1- CIUDADANÍAS: Gracias a mi identidad inestable y al instinto nómade que me caracteriza, con los años he logrado acumular tres ciudadanías (una americana y dos europeas). 

Este tipo de coleccionismo requiere de mínimos conocimientos políticos y culturales, ya que un bajo nivel de instrucción puede suponer el riesgo de conformar un perfil adictivo y comenzar a colgar banderas en ventanas o balcones.

 En mi caso todo comenzó en noviembre de 1960, cuando me asignaron el género masculino y la ciudadanía argentina. No había solicitado nada, pero al salir del útero materno me encontré con la novedad de que pertenecía a un supuesto colectivo social definido por el mate, el asado, el gaucho y el tango. Pasé cuatro décadas convencido de que era argentino, a pesar de no haber conocido nunca un gaucho (el gaucho es pampeano y yo soy de montaña).

En el año 2000 obtuve la ciudadanía italiana, así que en el 2006 festejé la Copa Mundial de Fútbol que Italia ganó en Alemania. En esa ocasión grité los goles de Grosso y Del Piero contra los alemanes y salté de alegría ante las magníficas atajadas de Gianluigi Buffon en la final con Francia. Incluso me puse de novio con una italiana (mi actual y adorada esposa). Pero algo no funcionó con esa ciudadanía, ya que fui varias veces a Roma y nunca logré evadir el estigma cultural del "sudaka".

Finalmente en el 2020 me llegó la ciudadanía española en plena pandemia, pero sospecho que se trata de un fraude: llevo meses como español y no logro superar el asco por las corridas de toros, ni siento respeto por la Casa de Borbón.

Y como residente catalán estoy a favor de la independencia, porque me permitiría sumar una pieza a mi colección.

Coleccionar ciudadanías no es una práctica superficial como consideran algunos nacionalistas, sino todo un ejercicio crítico de identidad. Al asumir cada ciudadanía en forma burocrática, uno logra entender que el legendario concepto de identidad se construye con la exclusión del "otro" en todas sus variantes. A menor "otro" mayor "soy". Por lo tanto para tener una buena identidad es necesario excluir de nuestro criterio de normalidad a todos aquellos que poseen una nacionalidad distinta a la nuestra. Gracias a ello podremos entender el verdadero significado de "extranjero"; y si somos de derechas (¡ojo, no es mi caso!) lo podremos asociar sin ningún inconveniente a las ideas de desconfianza, temor, sospecha, recelo, robo y prevención. Y luego se puede repetir todo el proceso focalizando la atención en distintos marcos de diferencia (razas, credos, ideologías, clases sociales, apetencias gastronómicas, preferencias de consumo, empatías futbolísticas, gustos literarios, prácticas sexuales, uso de mascarilla, prelidección conspiranoica, etc.). Se trata en todo caso de separar y dividir al dasein heideggeriano lo más que se pueda, hasta convertirlo en un simpatizante de Trump. La identidad siempre funciona degradando una unidad natural hasta llevarla a su mínimo más miserable.

Entonces, llegado a este punto, muchos se preguntarán para qué sirven las ciudadanías... ¡Pues para coleccionarlas!

Por eso ahora busco otra nueva ciudadanía. Me interesan las de los países que no tienen demasiados cristianos o musulmanes (los monoteístas siempre carecen de buen humor y parecen ofendidos), así que estoy buscando naciones asiáticas con mayoría budista.

El reino es respetuoso de los derechos humanos, y un 60 % de su superficie está protegida lo que lo convierte en uno de los países con mayor biodiversidad del planeta.
Ciudad del Reino de Bután (Asia). El principal indicador de desarrollo de esta nación no es la economía sino la "Felicidad Nacional Bruta" (se busca la felicidad de sus habitantes, no su capacidad de consumo).
Este soy yo (Salou, 15 de enero de 2021)
Este soy yo (Salou, 15 de enero de 2021)

2- BANDONEONES: Cuando cumplí mis primeros 50 años dejé de coleccionar libros, discos y fracasos laborales, y me proyecté hacia un coleccionismo más exótico y romántico. En esa época me llamó la atención la historia del bandoneón, un instrumento inspirado en la concertina que el alemán Heinrich Band comenzó a fabricar en 1835. Se pensó como un órgano portátil para difundir el evangelismo por los pueblos de Alemania, y terminó popularizándose hacia el 1900 en los prostíbulos y locales underground del Río de la Plata. Y como si fuera poco, fue el instrumento elegido por tres autores que con su música mejoraron notablemente mi calidad de vida: Astor Piazzolla (1921-1992), Eduardo Rovira (1925-1980) y Dino Saluzzi (1935). Todo esto, más el hecho de que se lo considera un instrumento en peligro de extinción, despertó mi patología coleccionista.

En el año 2015 vivía en Vilassar de Mar, y me enteré que en un pueblo vecino vendían a buen precio un bandoneón Alfred Arnold (AA) de 122 tonos. No pude evitarlo... Luego llegaron un Ernst Louis Arnold (ELA) de 128 tonos, dos bandonikas (parientes del bandoneón) y un impresionante Alfred Arnold de 144 tonos. Y con ellos decenas de anécdotas rocambolescas, viajes y elucubraciones técnico-surrealistas. En realidad, los bandoneones me abrieron la puerta a un mundo alucinante.

Para finalizar la génesis de mi fetiche por los bandoneones, me parece importante remarcar un matiz. Creo que hay dos tipos de coleccionistas. Los que exhiben su deficiencia mental sin complejos, y los que se inquietan al darse cuenta que las colecciones los convierten en pelotudos. Yo pertenezco al segundo grupo, y permanentemente trato de calmar la citada inquietud justificando el apego acumulativo (algo injustificable, por cierto). Por eso pensé que si lograba convertirme en un bandoneonista, la pelotudez de coleccionar bandoneones parecería justificada o al menos se reduciría a la mitad. Entonces hice afinar los bandoneones, les conseguí una funda adecuada y los puse a punto. El paso siguiente fue buscar un profesor que me diera clases de bandoneón, cosa bastante difícil en un país donde este instrumento resulta bastante desconocido. Logré dar con un excelente profesor en Tarragona (Xavier Martín Saigí) y en un año aprendí a tocar Cuando los Santos Vienen Marchando y Oda a la Alegría, lo cual me proyecta para lograr el objetivo propuesto hacia el año 2060.

Aquí estoy en el Hospital Joan XXIII de Tarragona, el día después de mi "descolonización" (26-12-2019)
Aquí estoy en el Hospital Joan XXIII de Tarragona, el día después de mi "descolonización" (26-12-2019)

3- CÁNCERES: La edad de la madurez me involucró en un proceso de profundización existencial, y mis impulsos coleccionistas no fueron ajenos a ese fenómeno intelectual. Una cosa son los llaveros, las monedas de distintos países o las antiguedades, y otra muy distinta es el cáncer. El cáncer es un verdadero punto de inflexión en la vida de una persona. Para quien padece cáncer, la práctica de escalas musicales en guitarra pierde sentido y comienzan a imponerse los estudios de armonía con el arpa. Por eso cuando me diagnosticaron cáncer de colon en el 2019, pensé en radicalizar mi espíritu anticolonialista. Releí Los condenados de la tierra de Franz Fanon (con un hermoso prefacio de Jean Paul Sartre) y entré sin más al quirófano convencido de la necesidad de reducir la longitud colonial de mi tracto digestivo. Así fue como perdí un trozo de colon y gané la primera pieza de mi nueva colección. 

Gauchito Gil
Gauchito Gil

La segunda pieza la obtuve para mi cumpleaños. Apenas cumplí los 60 me confirmaron un cáncer de sangre (Policitemia vera) que se manifiesta en la excesiva producción de glóbulos rojos. Se imaginarán que esta situación me convirtió en el principal objeto de deseo de los vampiros de la zona y me obligó a circular por la calle con cruces y agua bendita. Además, para mantener a raya a estos diabólicos acosadores, he tenido que blindar mi casa con ristras de ajo y proteger a mi automóvil con un Gauchito Gil (ver foto). Pero se sabe que cualquier tipo de colección requiere de algunos cuidados. Lo importante es el feedback de la pieza, y el hecho de sentirme deseado (aunque sea por sanguijuelas) nutre mi autoestima. Por otro lado este tipo de cáncer no es muy común, lo que me otorga un perfil muy "especial", análogo al que poseen quienes practican ficciones new age, yoga o meditación. Sí, sí... se trata de mi pieza favorita.

Frida y Noa (detrás)
Frida y Noa (detrás)

Finalmente, el pasado 31 de diciembre conseguí mi tercera pieza. Ese día mi gata Frida se puso muy mal, la llevé a la veterinaria y allí le detectaron un cáncer de mamas (la operaron el 9 de enero). Y como Frida –al igual que el colon o la sangre– es parte esencial de mi vida, pues asumo el tema como cáncer de gata.

 

 EPÍLOGO

"A ver si la terminas con eso del coleccionismo, porque te terminará matando", me dijo ayer mi esposa con signos de preocupación. Y creo que tiene razón, por lo cual intentaré cambiar mis tres nacionalidades por una de Bután y pondré en venta mis bandoneones.