Entrevista a Marmat

PARTE 1

Por A. Crimi

IDENTIDAD

Marmat con su abuela Isabel, San Juan 1971
Marmat con su abuela Isabel, San Juan 1971

— ¿Por qué se te ocurrió nacer en San Juan?

— No fue cosa mía. Me arrojaron.

 

— ¿Qué hechos o presencias de tu niñez considerás que han resultado más determinantes para configurar al Marcelo Padilla actual?

— Las curanderas del barrio, los borrachos que se acodaban a tomar un vaso de vino suelto en la despensa de mi vieja y mi abuela, el patio más lejano del mundo, el paraíso en la puerta de la casa  (que estaba pegado a la vereda y nos amparaba en verano en las siestas). El vino con soda de los domingos, la re-visita a la primera parte del todo minusválido que es soportar la existencia. Jugar con las identidades a pesar de la moral, a pesar del sopor de provincia. Jugar a las muñecas y al fútbol... eso hacía. Con mi amiga Betina, que vivía al lado, jugábamos a las muñecas; y con los pibitos del barrio jugábamos al fútbol en el potrero de la esquina. Y también bailábamos tangos cabeza con cabeza. Como bailaban los cuchilleros de principios del siglo XX, entre hombres ¡Ay! viento polvoriento pendenciero. Y claro, la despedida cuando me trajeron a Mendoza, todos mis amigos en fila mirando en la puerta de mi casa cómo cargaban el camión con los trastos. Esa imagen la tengo a fuego. En silencio adusto siete u ocho eran, como haciendo guardia, miraban al amigo se iba para siempre.

 

— ¿Por qué elegiste Mendoza para vivir, habiendo ciudades más húmedas como Salvador de Bahía o Amsterdam?

— No elegí, también me arrojaron. A los siete años me trajeron a Mendoza. Y de grande juvenil me fui solo por ahí. Por la escala del viaje estuve 4 días en Moscú recorriendo la caída. Eso al principio del viaje. Al final llegué a El Cairo, en Egipto, y anduve por el desierto en burro visitando comunidades sin agua. Solo, porque en ese entonces mi pareja holandesa trabajaba como asesora en técnicas de aprovechamiento del agua para riego en zonas áridas o desérticas. A veces acompañaba a mi pareja a sus encuentros con pobladores al sur del Cairo, en el desierto, y otras andaba a la deriva por ahí. Viví 4 meses en Amsterdam, 8 meses en Madriz y algunos meses en Brasil. Estuve en San Pablo y Río, y luego fui a Bahía... me llevó el demonio ofreciéndome cocaína por la espalda, con los tambores de Olodum sonando de fondo. En Bahía no conocí el mar, quedé encerrado en el Pelourhiño visitando el infierno. Húmeda ciudad. Pero bueno, en definitiva luego de muchas vueltas me volví a Mendoza, y ahí quedó San Juan, provincia santa donde gobierna la paganía de una mujer mítica como la Difunta Correa.

 

Partidas de nacimiento de Marmat
Partidas de nacimiento de Marmat

— En una ocasión me comentaste que tenías dos partidas de nacimiento. ¿Cómo es eso?

— Mi partida de nacimiento original es de 1968. Pero a poco de ser arrojado al mundo, mi padre biológico desapareció de mi vida. En 1975 mi madre estabilizó su relación con mi padrastro y decidieron cambiarme de nombre y apellido con otra partida de nacimiento. La primera es de San Juan y la segunda de Mendoza. Me enteré de eso recién a los 30 años, y a partir de ahí tuve que lidiar en relación a la búsqueda de mi identidad.

Es decir, nací legalmente dos veces. Pero el primero que fui estuvo muerto en vida por décadas, hasta que me enteré de los vericuetos que en toda familia se tejen para "beneficiar" a la víctima con el silencio y la omisión. Estanterías caídas, le llamo. 

 

Ante Garmaz (Marmat blooper) y Marcelo Padilla (Marmat)
Ante Garmaz (Marmat blooper) y Marcelo Padilla (Marmat)

— Quienes te conocen te llaman "Marmat". ¿De dónde sale ese nombre?

— Me pusieron ese nombre cuando tenía 18 años, en una especie de bautismo callejero. Con un grupo de amigos hinchas del Tomba fuimos en auto a Palmira un domingo de invierno. Cuando entramos en la ciudad, en dirección a la cancha del Jarillero –así le dicen a los de Palmira–, vimos a un hombre trajeado de blanco que caminaba por la vereda. Llevaba sombrero, zapatos, pantalón y saco, todo de blanco. Entonces yo saqué la cabeza por la ventana trasera y le grité: “¡Qué hacés, Dante Marmat!”. Y todos se rieron y me gastaron porque en realidad quise decir Ante Garmaz, por el showman de la moda de los ochenta y noventa. Es decir, "Marmat" sale de un error de pronunciación e invocación. Tal vez mi inconsciente estaba esperando un nombre que saltara por arriba de las legalidades del nombrar a una persona.

Y bueno, ahí quedó el nombre. Todos comenzaron a llamarme así.

 

Y vos, ¿cuál de tus nombres elegís como identidad?

— En el DNI puede figurar el nombre y apellido legal con el que uno se mueve en society, pero no me identifico hace rato con mi nombre legal (con ningún nombre legal). Entre la legalidad y cierta forma de anonimato con un heterónimo que es apodo, elijo mi apodo. "Marmat" es un apodo pero lo adopto como nombre, para desde ahí liberar el encorsetamiento.

En fin... decidí saltar el laberinto de la identidad y quedarme con "Marmat", que es el nombre que me pusieron mis amigos. No es legal, pero es más real que lo legal. Prefiero el nombre genuino que me pusieron en la calle, que es donde me crié. La familia suele ser una condena. La calle, un experimento poético de tránsito. Me quedo con esos códigos de la calle y no con los de la familia.

 

SALVAGES UNITARIOS

Marcelo "Marmat" Padilla, Gustavo "Pancho" Navarro, Gustavo "Kasaño" y Rolando López
Marcelo "Marmat" Padilla, Gustavo "Pancho" Navarro, Gustavo "Kasaño" y Rolando López

— ¿Cómo fue la experiencia musical de Los Salvages Unitarios?

— La experiencia fue musical, pero también poética y performática. El rock es una experiencia básicamente performática que incluye a la música. De 1990 al 2006 duró con intervalos de separaciones y con alguna rotación de músicos. Era una época. Los noventa. El rock fue refugio creativo pero también político ante el desencanto bajo el menemismo. Y la noche era intensa. Las mil y una noches de pintadas callejeras y algunas comisarías. Poética en definitiva.

 

Portada CD Salvages Unitarios
Portada CD Salvages Unitarios

— ¿Por qué "Salvages" y no "Salvajes"?

— Por el castellano antiguo. Es con "g".

 

— ¿Es cierto que el tema "Este es el fin" (escrito en 1990) parece anticipar la pandemia del 2020?

— No. Y sí. Pero mejor no. Todo lo que acontece es anticipo de algo que vendrá y nunca lo sabremos hasta que ocurre. “Las primeras calles de otoño siempre me renacen…” (Enrique Symns)

 

— ¿Cuáles fueron los mejores momentos del grupo?, ¿y los peores?

— Mmm… los mejores momentos se daban cuando hacíamos la previa, la concentración antes de cualquier recital. Momento místico. Y los peores eran cuando no teníamos esos momentos. Una vez fuimos a tocar a San Juan con Los Brujos y Juana la loca y llegamos todos separados, y luego nos encontramos en el escenario tocando cada uno en su mambo. 

 

— ¿Es cierto que los líderes carismáticos de los grupos de rock tienen una sexualidad más intensa o fluida que el resto de los mortales?

— No lo creo.

 

QUEER

— Y ya que sale el tema de la sexualidad, entiendo que cuando naciste un grupo de médicos te asignó un destino varonil con su correspondiente parafernalia. ¿Te sentís un macho alfa, un tipo cisgénero común y corriente, o tenés disforia de género?

— Camino en el travestismo performer. Tambaleando.

 

— ¿Con qué minoría de identidad sexual te llevás mejor?

— Cada vez peor con los hombres, la mayoría hegemónica. Te la contesté al revés.

 

— ¿Por qué pensás que se ven tan pocos proletarios queers?

— No lo pienso. Toda construcción estética, hasta con harapos, será queer.

 

— Hace algo menos de tres décadas te encontré por la calle y estuvimos charlando sobre libros. Me hablaste de Bioy Casares y Bourdieu, autores que recomendabas con mucha pasión. ¿Les seguís siendo fiel a ellos, o los dejaste y te fuiste con otros/as? ¿Creés en el poliamor intelectual?

— No es "creer", es "estar" en el poliamor intelectual, si es que pueda imaginarse tal categoría. Que ya es hora de juguetear un poco con el lenguaje y el cuerpo, así salen otras palabras que aniden en la cena de 12 y en el almuerzo a las 21. Que el frío de las teorías ha congelado el modo de pensar, ha generado un modo hegemónico de pensar. La razón hoy es la encarnación de Dios en las academias. Igual el terromoto es inevitable...

A Bourdieu cada tanto lo agarro, cuando lo recomiendo para algo específico instrumental del campo académico. Y a Bioy lo imagino mucho. A La invención de Morel la leí siete veces y siempre era distinta. Pero por suerte y azar he mudado mis intereses, que no son mas que curiosidades. Ahora leo por ejemplo a Paul Preciado, Donna Haraway, Rodolfo Fogwill, Salvador Benesdra y El traductor, y a locos malos como Marcelo Fox. 

 

— ¿Qué te gusta más, el brócoli hervido o la molleja asada?

— Brócoli hervido si no hay más opciones.

 

— ¿Qué pensás de Dios?

— Que es nazi y comunista.

 

UNIVERSIDAD

 — ¿Por qué te inclinaste por estudiar sociología, y no obstetricia o gendarmería?

— Desde los 14 años me interesé por la política y las tomas estudiantiles, por la lectura y la acción, y por las tertulias de café.  No había internet, era puro cuerpo la cosa. Obstetricia es una inclinación de hecho, y Gendarmería de derecho.

 

Mario Franco
Mario Franco

— En numerosas ocasiones te he escuchado valorar la figura de Mario Franco como intelectual, docente y amigo. ¿Qué fue lo que más te unió a él?

— Su ironía como dispositivo del pensar.

 

— ¿Alguna anécdota de Mario Franco que lleves encima?

— La tarde anterior a que se suicidara, estuve con él toda la tarde comiendo alfajores de chocolate en la cama. Lo acompañaba porque estaba muy deprimido. Mirábamos tele y hablábamos boludeces. Leíamos los prospectos de la medicación que tomaba. Arsenal 4 Boca 1 en cancha de Arsenal, y luego el discurso de Néstor Kirchner en vivo por Crónica. “Ese tipo va por buen camino”, dijo el Mario ese 17 de noviembre de 2005.

 

— ¿En qué cátedras has participado como docente universitario?

— En varias porque empecé joven, a los 27. Sociología Sistemática, Sociología de la Comunicación, Antropología Cultural y Sociología del Arte y la Cultura Popular. En la pública (UNCuyo). Y he dado otras materias en un par de privadas.

 

— ¿Qué te gustaría que cambiara en la Universidad?

— En primer lugar las denominaciones y los usos de los edificios. Porque el discurso universitario académico vuelto endogámico se olvida del pensar situado, se desentiende. La palabra "claustro docente" es medieval, por ejemplo. Las bibliotecas con los libros están en los subsuelos (en Ciencias Políticas, por ejemplo). Medieval. Los sistemas de vigilancia con cámaras en una Universidad que se nombra, medieval, las cruces y las vírgenes, el predio (que parece un camposanto) y sus usos pro coaching de la tierra y el verde. La muerte de la idea de edificio. El esquema de poder jerárquico de conocimiento en las cátedras, las mesas de examen que son constituidas por un tribunal... ese nombre, tribunal, expediente, resolución, consejo directivo. Las formas de representación desiguales entre docentes, graduados, estudiantes y personal de apoyo académico. Y el negocio del posgrado que viene hace rato aceitado como arancelamiento encubierto, en la propia Universidad pública. Los dispositivos del prestigio... En fin, hay que dar vuelta la Universidad y repensarla desde sus palabras hasta los edificios. La “democracia elástica” que permite la convivencia del fascismo y la progresía en todas sus formas. Y los modos de conocer, revisar qué es el conocimiento, de dónde surge. Hacer hablar a la Universidad como un actor social y político cultural, no como un nicho de negocios protocolares. En definitiva meterla en la huella del diablo de una vez...

 

PERIODISIMO

— Tu participación en el periodismo es variada e intensa. Has abordado la TV (conducción de La Pregunta en el Desierto en el canal Acequia), la radio (Nihuil, Nacional Mendoza, La Mosquitera, o UTN), internet (blogs, redes sociales, Youtube) y numerosos medios gráficos online (Desvío Tóxico, MDZ online, Mendoza Post, Zepa, La 5ta Pata, Palabras al Borde o Zona Crítica). No parece haber espacio de comunicación que se escape a tu labor periodística. ¿Qué te lleva a involucrarte con tanta intensidad en el mundo periodístico?

— Un asteroide con lluvia de estrellas ha impactado de lleno en el mundo periodístico y ha dejao la cagaá… como un pancho con lluvia de papas estrellado contra el vidrio de una redacción, adherido por la mayonesa. No sé, tal vez las discusiones sobre la coyuntura en la guerra simbólica de las palabras. Lo que llaman ¿batalla cultural? Disciplina semanal sin vacaciones, de enero a enero. Orbito el mundo periodístico desde una columna franqueada y trizada desde el lugar que habito por circunstancia. La soledad quizá, de estar encriptado y levantarme a las 6 de la mañana cada día. Escribir, el devenir de la escritura en cualquier formato, el impulso vital a decir... perdí la cuenta y el mozo cobra en otra mesa, mientras tomo el último sorbo y me voy sin pagar.

Otros impulsos: La música de la madrugada, el cine como lenguaje en extinción, la observación de la calle –en las peluquerías y verdulerías–, la cara de la gente encorvada, los tacos de un gendarme dedicado a la obstetricia, el amor dolor, el mate y las ganas de prender ventiladores en invierno. La experimentación en el uso de las palabras. Qué se yo, me divierto. Una manera de abstraerme de la coyuntura es escribiendo sobre ella. Escribir es huir un buen rato.

Después de escrito el texto, fumar y hacer flexiones como un preso sin estudiar derecho; la extensión de lo fósil de la academia convertido en discurso intergénero. La posibilidad de nomadear y escribir situado. Ponéle.

Y por supuesto también ganar unos pesitos más para ponérselos al elefante en la trompa. Que se entienda: El elefante es un ekeko que no fuma. Y la ganancia en negro es chica pero viene bien porque siempre fui pobre y tengo un reparto mensual que suma para la resta.

 

— ¿Cómo entendés que debe ser la relación entre la ideología y el periodismo en un comunicador social?

— No tengo idea. Podría decir que billetera y pauta mata periodismo. Eso es lo que reina en las comarcas. 

 

— Un fenómeno sorprendente del periodismo mendocino es sin dudas el carácter hater (odiador) y conservador que exponen algunos lectores del MDZ online a la hora de escribir sus comentarios. Pero si aparece el nombre de Marcelo Padilla, el fenómeno se exacerba y se vuelve hilarante. ¿Qué les hiciste a los lectores del MDZ online para que te odien tanto?

— Ser tal vez el chivo expiatorio de sus miserias. Enfrentar al lector más que palmearle la espalda. Increparlo para que reaccione. Pero ya no lo hago más, eso fue en otro medio.

 

— ¿Podés contarme algún hecho "picante" que hayas vivido como periodista?

— Sí. Picante con ají del altiplano. Una vez escribí una columna que se titulaba Negros de mierda Go Home. Asumí una posición de derecha racista explícita contra unos inmigrantes de distintas colectividades de Mendoza que vendían artesanías en la puerta del Hospital Central y habían sido expulsados por las autoridades. Y me salió el discurso al revés, como si un nazi lo escribiera. Aunque era obvio, muchísimos no lo entendieron y llamaron al diario MDZ Online para quejarse. Los cónsules de Bolivia, Ecuador, Perú y no sé que otro, llamaron para decir que si no quitaban la nota iban a movilizar a las comunidades a la puerta del diario. El Negro Fernández me llamó desesperado del diario para que aclarara la ironía. Fue una mañana fulera. Los cónsules no entendieron. La comprensión lectora a veces no funciona y bueno, así son las cosas.

 

— Hubo un exceso de literalidad en la lectura...

— Sí. Es que yo experimentaba permanentemente y veía los efectos, como en un laboratorio. De ahí me di cuenta la importancia del poder real que tienen las palabras. La urdimbre para el tejido y bordado de un texto. Lo políticamente correcto psicobolche me aburrió siempre. Son los que están almorzando con santos a la mañana y a la noche intercambian info con el diablo.

 

— ¿Qué otra particularidad te define en la labor periodística?

— No escribo en redacciones. Eso me da libertad y aislamiento, y me permite quedar off side del colectivo periodístico y de la ética de sus miembros. No tengo nada que ver con ese mundo y sí.

 

— El 22 de diciembre del 2020 fuiste protagonista en la Legislatura de Mendoza de un reclamo cívico (a mi juicio muy necesario y pertinente) por el femicidio de Florencia Romano. A pesar de que fuiste muy respetuoso, numerosos medios de comunicación publicaron la noticia como "un escándalo". ¿En Mendoza los reclamos son sinónimos de escándalo?, ¿o cómo pensás que se debería leer el suceso?

— En Mendoza no es común entrar a una sesión legislativa y decir algo. Hacer algo así  escandaliza a los propios legisladores, a la policía, a los habitantes de los cantris y complejos privados, al periodismo y a la academia. Entiendo que la palabra "escándalo" vende. Es la que más se repitió al otro día en las cerca de 20 notas que se publicaron al respecto. Excepto una. No sé cómo se debería leer el suceso, pero como lo filmaron y se compartió (lo deben haber visto más de 200.000 personas) generó algo muy extraño que no me lo esperaba: una adhesión masiva de apoyo y empatía, un agradecimiento por haber dicho lo que dije. Yo salí de la honorable ex prendida fuego y me senté a tomar un café en la peatonal. No sabía de la repercusión. Después en la calle me pararon algunas personas, gente joven, mujeres, pibes o gente grande –que nada tienen que ver con la política ni la endogamia militante de las redes–, a decirme que me felicitaban por lo que había dicho. Eso me dio fuerza, porque pedirle la renuncia al jefe de policía en la cara del poder legislativo por el femicidio de Florencia trae sus consecuencias. A los días, el 25 de diciembre (Navidark) a las 22:40, dos policías golpeaban a los puños mi puerta. Me escondí en el fondo, en mi pieza, y gestionamos un habeas corpus preventivo con dos abogados por si intentaban detenerme. Me fueron a intimidar, pero nada más.

Después vino el vampirismo de muchos pensando en una posible candidatura, a los que saqué cagando. Fueron días intensos de fin de año. A muchos no les pintó la intervención. Diputados y senadores que no entienden lo que pasa afuera. Son otra cofradía ahí, y no les cree nadie. Yo les propongo que recorran las calles y caminen como cualquier ser humano o no humano. Pero se esconden. Le tienen miedo al pueblo que justamente los ignora. Una paradoja. O una parajoda.

EL VIAJE

Rodolfo Kusch
Rodolfo Kusch

 Tu forma de asumir los viajes me recuerda la mirada antropológica de Rodolfo Kusch, un autor que seguís mucho. ¿Qué es lo que más valorás de su pensamiento?

— Sus filtraciones malditas en el hedor de las cañerías del pensamiento, la humildad de un hombre que se fue a vivir al altiplano, a convivir con la espiritualidad pagana y esa prosa que te hace navegar por otras aguas. Es una obra cosmogónica la de Kusch. Una invitación a pensar el país y América desde otro centro, el foco andino entroncado con las derivaciones de lo popular en su mero estar. No sé, es un buceo en lagos y mares imaginarios. 

 

— ¿Qué valor tiene para vos el hecho de "viajar"? En general, cuando dejás tu casa por algunos días, ¿cómo te considerás, viajero, turista, visitante o excursionista?

— Escapista. Necesito escaparme cada tanto y escribir desde el lugar de refugio. Escribir en el altiplano o desde  Bahía, Río, Botafogo, Brasil o Uruguay, Ugarteche o Lavalle. Me gusta la incomodidad de escribir en sitios no familiares y hablar con la gente de los lugares. Me voy de viaje para eso. Para escribir sobre los perfumes y los hedores, los colores y las formas de los objetos, y ahí las costumbres. Valparaíso mon amour.

 

Comunidad de los Yaguas, en la Selva Amazónica peruana
Comunidad de los Yaguas, en la Selva Amazónica peruana

— ¿De dónde salió tu motivación para visitar el Amazonas?

— De unas charlas con una amiga, la Mónica que vive en Brasil y fui a visitar varias veces. Y de las conversaciones canábicas con su compañero, que es economista ambiental y trabaja en la reserva del Xingú. Y de todo lo que Marcelo Herkovitz (un brasilero descendiente de polacos) me ha contado sobre las comunidades en la lucha por la preservación de la nación amazónica. Esa es una vertiente de impulso, y la otra es el cine de HerzogAguirre, la ira de Dios (1972) y Fitzcarraldo (1982) se filmaron en Iquitos, la ciudad de la selva amazónica peruana. Allí fui a parar un par de meses. Y de ahí salieron las crónicas selváticas. 

 

— ¿Tuviste alguna experiencia enteógena en la selva (con o sin sustancias psicoactivas)?

— A pura agua, una mañana me metí en las construcciones que se erigen sobre el río, lo que llaman la Venecia Amazónica. En los distritos de Belén y Maynas, específicamente. Son asentamientos sobre el río donde la gente vive de lo que pesca. A primera vista parece peligroso. Estaba solo, haciendo migas con los pobladores. Uno de ellos se acercó un día creyendo que era gringo y le aclaré que era argentino, y me hablo del Che y de Maradona. Me ofreció llevarme a conocer los recovecos de una pequeña ciudad hecha de tablas. La gente en hamacas perpetuas. Tres horas de recorrido para luego terminar navegando seis horas en un bote de madera con un motorcito que iba suave esquivando troncos gigantes que deambulaban en el rio. A la deriva. Un viaje de deriva mental.

 

Marmat en Casa Fiztcarraldo (Iquitos, Perú)
Marmat en Casa Fiztcarraldo (Iquitos, Perú)

— ¿Algún acontecimiento tropical que te haya generado una potente emoción?

— Las conversaciones a las ocho de la tarde con Walter, el que fuera productor de Herzog en las películas y documentales del alemán. Un viejo que se quedó a vivir en Iquitos luego de la filmación de Fitzcarraldo.  Que compró la posada donde pararon por meses Herzog, Kinsky y hasta Mick Jagger con toda la producción. El lugar ahora se llama Casa Fiztcarraldo posada. Y el dueño es ese viejo Walter, que supo ser de la partida de las películas. Y el amanecer a las seis con humedad, la frondosidad bajo la tormenta y el despertar de las cumbias en los caseríos lindantes. Jugar al fútbol con los niños de la comunidad Bora y tirarnos a nadar juntos en uno de los afluentes, donde las pirañas respetan la hora del nativo.

 

Niños jugando en una calle de Iquitos, Perú
Niños jugando en una calle de Iquitos, Perú