Entrevista a Rodolfo Braceli

"ESCRIBIR ES COMO RESPIRAR"

En el año 1997 viajé con el periodista y amigo Rolando López a Capital Federal, con el objetivo de entrevistar a varios mendocinos destacados en el campo de la cultura que residían en Buenos Aires. Con ese conjunto de entrevistas se publicaría el segundo número de Punto C, una revista generada desde el Estado mendocino y dirigida por Marcelo Ortega, en aquel entonces director del Instituto Provincial de la Cultura. En la lista de los entrevistados figuraban Leonardo Favio, Antonio Tormo, Carlos Polimeni, Mario Sánchez, Patricia Palmer, Quino y Rodolfo Braceli, entre otros y otras.

Me encantaba la idea de volver a encontrarme con Rodolfo Braceli, un autor brillante con quien meses atrás habíamos compartido charlas y vinos difíciles de olvidar.

Punto C número 2 nunca salió. Como tantas publicaciones de cultura, murió luego de la edición de su primer número. Y fue así que todas las entrevistas quedaron sin llegar al papel. 

A continuación, la entrevista a Braceli que nunca se publicó:

   

   

Por Roly López y Alejandro Crimi

 

Infancia en Luján

Nací en Luján de Cuyo, en la calle San Martín, a una cuadra de la plaza.

Mis autores son mis padres, que eran Andrés español y Juana. Los dos casi no fueron a la escuela, tenían un almacén y trabajaban sábado y domingo, no conocían las vacaciones. Esta cosa de que a uno le escriben los libros es cierto, y a mí me los escriben mis viejos que eran casi analfabetos.

Mis primeros siete años transcurrieron en Luján, cerca de la plaza y del río. Recuerdo, por ejemplo, al viejo de la bolsa, un tipo que se llamaba El Canario. Un viejo divino que ya metí en un libro. El Canario era un hermoso viejo de barba blanca, una especie de Hemingway que andaba por las calles de Luján, alguien que una vez, en un día de pleno invierno, empezó a desnudarse en la vereda. Se desnudó completamente mientras lloraba. Un hombre desnudo y llorando es absolutamente toda la verdad. Son cosas que en general no queremos ver, y cuando pasa se cierran los postigos, porque la verdad desnuda no es algo que nos guste demasiado.

 

Busco mi destino

Fui a la facultad de Filosofía y Letras, donde estuve tres años y me fui porque sino me echaban. Quería escribir y hacer una revista, y pensaba que la facultad era el medio propicio. Pero allí pasaba de todo menos lo que tenía que ver con la escritura y la creación.

Finalmente comencé a hacer periodismo, y en 1960 entré a Los Andes con Antonio di Benedetto. Hice policiales, el servicio meteorológico, instrucción pública, y luego pasé a la sección de arte y espectáculo. Como me puse muy molesto me mandaron obligado a dirigir un suplemento deportivo del diario. Y eso fue maravilloso, porque es el lugar donde uno puede escribir más sobre todo. El deporte nos espeja. Ahí estuve hasta que se armaron unos despelotes bárbaros porque opinaba mucho. Terminé perdiendo el trabajo en 1967.

Todo empezó con la crítica que hice de Racing cuando salió campeón. Hice una investigación y conté todo lo que era el trasfondo de ese triunfo. Pero sucede que denunciar en medio del éxito y de la euforia es muy jodido. Es como ir a una fiesta de cumpleaños o a un casamiento, y decirle a todos, en el medio de la fiesta, que la torta que está hecha con huevos podridos. A uno lo agarran a patadas por decir eso, pero al que hizo la torta no. Es el doble discurso y la hipocresía en la que hemos sido criados en este país. Así que con lo de Racing se armó un gran lío. Carlos Fontanarrosa escribió una editorial en El Gráfico donde se refería a lo que yo había escrito en Los Andes y terminé afuera. Pero resulta que el mismo Fontanarrosa que discrepaba conmigo, a su vez respetaba mucho mi trabajo y entonces más tarde me llamó para trabajar en Gente.

 

Buenos y malos aires

Llegué a Buenos Aires en 1970. No quería dejar Mendoza por nada, pero no tenía trabajo y acá me ofrecieron ser redactor especial en Gente. Así que me vine moqueando, extrañando, dejando todos mis libros, y finalmente me quedé.

Siempre quería volverme, pero recuerdo que en el año '75 hice un viajecito a Mendoza, y me volví antes de lo planeado. Me vine porque no aguanté, era la época de López Rega y había un clima que me resultaba insoportable. Ya se anunciaban los años del proceso, los años en que se violó la vida y se violó la muerte. Sentí que estar en Mendoza era directamente jugar con la vida, cosa que después se comprobó con Jorge Bonardel, con Antonio di Benedetto, y muchísimos más que ya no están.

 

El escritor

Soy dueño de mis manos, de mi cabeza y de mi corazón, y me hago cargo de lo que he escrito en todos los lugares donde he estado. Trato siempre de escribir en castellano y de respetar las dos éticas: La ética que tiene que ver con el mundo que vivimos, y también la ética de la sintaxis. Suponiendo que haya una línea, pretendo estar de lado de los que hacen vida y no de los que fabrican muerte. Trato de no olvidarme que vivimos en un país que está sembrado de un analfabetismo que sirve para consolidar el hambre. Todo esto no significa otra cosa que hacer lo que corresponde. El heroísmo está en los anónimos que trabajan 10 o 15 hs. por día, o que tratan de conseguir trabajo.

Básicamente soy escritor, y diría que en los últimos años soy escritor y también periodista. Vivo del periodismo, pero tampoco establezco una diferenciación muy clara entre periodismo y literatura, porque hay veces que cosas que empiezan en el periodismo terminan en la literatura y viceversa. Pero cuando quiero escribir absolutamente todo lo que se me da la gana, escribo libros, obras de teatro o novelas.

Para mí escribir es lo más importante, es como respirar.

 

El periodista

Hay personas a las que no entrevistaría nunca. Por ejemplo jamás le hice una entrevista -cosa dificilísima no haberla hecho- a Bernardo Neustadt, y de eso estoy muy orgulloso. Porque me parece un personaje absolutamente acomodaticio con los distintos tiempos. Neustadt es de esos personajes que se aprovechan del gran oficio que tienen y lo ponen al servicio del oportunismo.

Creo que en la actualidad al periodismo le falta vigor. Hay casos particulares, pero en general, veo en el periodismo escrito poca pasión, poca calentura. No veo pelear a nadie porque le den más carillas. Yo vivo peleando para que me den 5 líneas más en un epígrafe o en un copete, y en la nota ni te cuento. Yo escribo más o menos 25.000 caracteres, cuando normalmente las notas son de 7.000. ¿Para qué me caliento, si podría hacerlo de 7.000?, por eso digo que veo falta de pasión. Y creo que sin pasión y sin calentura todo se va al carajo.

Hay una especie de abulia, de descompromiso. Hablo en general, y no estoy descalificando a una generación, porque sería una estupidez.

 

Mendoza, la extrema

En Mendoza se dan las cosas de manera extrema. Mendoza tuvo uno de los primeros movimientos de curas rebeldes de América Latina, y por otro lado tiene las derechas más recalcitrantes. Mendoza es un emporio de derechas, tenés de toda clase y para todos los gustos.

En otro tiempo teníamos a un personaje como el poeta Víctor Hugo Cúneo, al que le quemaron el quiosco donde vendía libros, y luego terminó él quemándose, en plena primavera. Está también el artista Julio Le Parc, que en una exposición que realizó en los '70 alguien intentó prenderle fuego a sus cuadros.

En Mendoza están los fuegos para quemar y los fuegos hacedores. Yo también padecí el fuego con mi primer libro, Pautas eneras, que me lo quemaron en 1962. Pero por otro lado están los fuegos hacedores que produjeron tipos como Quino, Di Benedetto, Dragui Lucero, y tantos otros.

Mendoza es una provincia extraordinariamente prolija, y en otros aspectos es extraordinariamente terrible. Las cosas se dan de una manera aguda.

A la hora de los buenos recuerdos me brota el nombre de don Gildo D'Accurzio, imprentero, panadero de libros. Por él pasó desde Antonio Di Benedetto hasta Tejada Gómez, y yo también. D'Accurzio dejó una imprenta ejemplar, que editaba libros de todo el mundo. La imprenta se traspapeló y siempre me pregunté adónde fue a parar.

Cuando pienso en Mendoza, pienso en Luján, en los vinos de Luján y Vistalba, y en don Gildo D'Accurzio, que fue alguien que dio todo, y lo traspapelamos con indiferencia y negligencia.

   


  

RECUERDO

Por A. Crimi

 

Rodolfo siempre me pareció un tipo entrañable. Un conversador fantástico. En 1998 le edité su libro de poesías La misa humana (Ed. Diógenes & Galerna), y en ese proceso íntimo que supone la cocina de un libro pude comprobar su pasión por las letras. Además Rodolfo era muy solidario con quienes hacíamos publicaciones o actividades culturales sin apoyo de ningún tipo. Él siempre estaba dispuesto a colaborar desinteresadamente. 

Charlar con él era un verdadero viaje. Una noche salimos de bohemia en Capital Federal, en su Peugeot 404 gris. Fuimos a dos sitios a beber whisky, en uno había tango en vivo, y en el otro, flamenco. Descubrí que una de sus principales virtudes era la de saber escuchar. Pero él no sólo sabía escuchar, sino que disfrutaba haciéndolo. Esa noche hacía hablar al camarero que nos traía los tragos, a los vecinos de mesa, y a cualquiera que pasara frente a él y exhibiera alguna particularidad. Rodolfo escuchaba todo con atención y minutos más tarde, recordaba alguna frase pronunciada por alguno de sus interlocutores ocasionales y decía cosas como "... ¡podría ser el título de un libro!"

Esa noche también me dijo: "Mirá, todas las personas, todas, hasta la más terrible o miserable, tiene al menos un punto donde es absolutamente genial. Por eso uno tiene que estar muy atento, porque a veces esa genialidad se manifiesta en un segundo y si estás distraído te la perdés". Yo me quedé perplejo. Él no lo sabe, pero esa noche se me cambió la forma de mirar.

Finalmente, de ese encuentro me quedaron dos grandes interrogantes. El primero, ¿cómo hacía Rodolfo para "desarmar" con tanta facilidad a sus interlocutores?. Y el segundo, ¿cómo hizo para llevarme en su Peugeot 404 hasta la casa donde yo dormía, y luego llegar sin problemas a la suya?  

   

Para seguir sus aventuras, se puede visitar su web: http://rodolfobraceli.com.ar/