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ELOGIO DEL GATO

 

Algunas teorías difundidas de generación en generación han afirmado que los gatos son ladinos, egoístas, y traicioneros. Permítaseme en este punto disentir con la sabiduría popular: nada más erróneo que la citada adjetivación. Se trata sin duda de enunciados provenientes del enano fascista que los humanos tenemos incorporado. Los favores de la prensa, a la hora de referirse a los animales domésticos, recaen invariablemente en la figura del perro. Así se repiten incansablemente falacias como que “el perro es el mejor amigo del hombre” u otros epítetos empalagosos. Y es que no se le perdona al gato amar la libertad.

Se dice que el perro es fiel: ¡falso! No se debe confundir fidelidad con obsecuencia. Los perros son serviles y lacayos del poder. Y para argumentar tal acusación le propongo al estimado lector que reflexione sobre el siguiente ejemplo*: una de las razas caninas más populares es el Perro Policía o Manto Negro, ¿existe acaso alguna variedad felina que se denomine “Gato Policía”? Claro que no. Ni la más sagaz imaginación podría suponer a la policía, en una cancha de fútbol, tratando de amedrentar a una barra brava con gatos atados de tensas correas. Y sin embargo resulta una imagen cotidiana cuando la protagonizan los perros. Conclusión obvia: los perros son buchones.

Los gatos son animales independientes, sutiles y sensuales. Poseen, al contrario de los perros, una dignidad inobjetable. Estas características se pueden comprobar fácilmente si realizamos un análisis comparativo de las conductas amatorias de ambas especies. Los perros copulan en medio del escándalo público y con el más puro exhibicionismo. No reparan en horario ni lugar, y sus cortejos carecen de la más mínima sugerencia. El resultado es una situación obscena; incluso si uno trata de ignorar ese desenlace biológico que los condena a permanecer unos minutos unidos involuntariamente, en medio de aullidos desgarradores. Los gatos, en cambio, rinden culto a la más fina intimidad. Sus rituales eróticos se elaboran a la luz de la luna, ajenos a las miradas indiscretas y plenos de pasión. Pudorosos y salvajes, los mininos saben que el arte puede estar asociado a los “altos” instintos.

Dejando de lado el militarismo prusiano y la frivolidad de los perros, pasemos ahora a otra gran injusticia: la relación entre los gatos y los pajaritos. Desde Sócrates a Walt Disney o Picasso, se ha cometido la imprudencia de asociar paz y libertad con palomas u otros pajarracos. Y como no podía ser de otra manera, los gatos son los chivos expiatorios del equívoco. Mucha gente se horroriza al ver un gatito cazando un pájaro, pero ¿alguien dice algo cuando una indefensa oruga es diseccionada por los crueles picotazos de un gorrión?, ¿cuál es la piedad que reciben los coleópteros por parte de las “pacíficas” palomas? Queda claro que no hay ley pareja para todos. Que un pájaro tenga la propiedad de volar, no le garantiza paz ni libertad; en todo caso habría que hablar de impunidad.

Es de esperar que las almas sensibles se esfuercen por recomponer la figura pública del gato. Para ello es preciso un trabajo de concientización que empiece por casa y siga en la escuela. Porque decir que los gatos son ladinos y traicioneros es temor encubierto, es una simple reacción contra aquello que no se domina, contra quien no acepta soborno alguno. Y no podemos seguir engañando a nuestros hijos. ¡Basta de prensa amarilla para perros y pajaritos!: ha llegado la hora del gato.

 

* El hecho de que no hay “gato policía”, se lo comentó María Elena Walsh a Rodolfo Braceli. 


EL HOMBRE DE LA CABEZA PODRIDA

 

Recuerdo el día en que empecé a observar cambios en mi persona. 

Como siempre, me levanté muy temprano y fui al baño. Mientras cepillaba mis dientes miré el espejo y noté algo extraño: un trozo relativamente grande de mi cabeza se veía más oscuro que el resto. 

Al tocarme tuve la sensación de palpar una fruta demasiado madura. Por un momento creí que si presionaba levemente mis dedos sobre esa superficie, pasarían de largo y se hundirían en la masa encefálica.

Evidentemente se trataba de una podredumbre. Ya había escuchado hablar sobre eso y, aunque sabía que no era algo de vida o muerte, estaba un poco confundido. Entendí que tenía que tranquilizarme y pensé que una simple podredumbre de cabeza no debía ser un motivo de preocupación, así que traté de olvidar el asunto. Desayuné y me fui a la oficina, donde me esperaba una montaña de expedientes.

 

La descomposición abarcaba un sector de la frente y casi toda la parte superior de la cabeza. Esto le daba un aspecto algo antiestético a mi figura, pero podía mantener mi elegancia con sólo usar una gorra.

Cuando me peinaba, un dolor punzante me obligaba a arrugar la nariz. A veces el peine me lastimaba, y quedaba en el ambiente un olor desagradable. Las lastimaduras tardaban en cicatrizar, y cuando lo hacían supuraban un jugo espeso de color amarillento.

El cabello comenzó a caer. A la mañana, cuando me levantaba, podía observar la almohada cubierta de pelos y, a veces, algún gusanillo.

En poco tiempo quedé calvo y, ante la persistencia de algunos temores, decidí consultar a un médico. Fui a una clínica estatal, solicité una orden y ocupé una silla en la sala de espera. Al rato una enfermera gritó mi nombre y entré al consultorio. Estaba realmente ansioso. Luego de una revisación meticulosa, el galeno me palmeó la espalda y con una sonrisa sincera dijo que yo era un hipocondriaco, que no era posible que lo fuera a consultar sólo por una podredumbre.

El médico me informó que en la actualidad es muy común tener la cabeza podrida, y que ya nadie se preocupa por eso. Incluso él mismo tenía afectado el costado lateral derecho de su testa. Me mostró su zona alterada y aseguró que no le producía ningún inconveniente. Resaltó la importancia de la higiene y las bondades del agua tibia con manzanilla, y para finalizar me reveló su secretito: se rociaba cada ocho horas con un perfume de fragancia marina.

 

Salí del consultorio del médico muy tranquilo, burlándome de mis propios miedos.

Pasaron los días y mejoró mi humor. El único problema se producía cuando algún pedacito de carne se pegaba a la tela de la gorra. A su vez, me puse más observador y descubrí que muchas de mis amistades tenían sectores podridos en sus cabezas, y que yo nunca antes lo había notado. 

Llegué a pensar que una buena podredumbre en la cabeza le daba a la persona afectada un toque de distinción.

Tuve que tirar mi gorra debido a las manchas, pero no compré otra. Mi orgullo se impuso. Estaba firmemente decidido a lucir el sector viscoso de mi cabeza. Es una cuestión de personalidad, ¿no? 

 

Así fue como empecé a cambiar mis hábitos. Dejé de molestarme por el acoso de las moscas y compré un televisor nuevo. Perdí el interés por la literatura y otras telarañas intelectuales, y no volví a fumar.

 

Creo que todo es cuestión de madurez. 

Hoy vivo tranquilo. Sé que todo lo que me pase lo tengo bien merecido. 

La superficie podrida de mi cabeza aumentó considerablemente y tiene un color verdoso muy seductor.

La vida es blanda.