Mundo cachondo

Introducción

Introducción

Algunos pensadores sostienen que cualquier intento por evadirse del erotismo está condenado al fracaso, ya que nadie se puede escapar de sí mismo. Por lo tanto, se puede afirmar que una buena zambullida en el dulce reino de Eros tonifica la identidad, lo que no es poco en estas épocas plagadas de fragilidades y desencuentros. Estimulado por esta idea, un buen día decidí visitar a Eros.

Me recibió en su mansión, vestido con un hermoso condón. Estaba algo embriagado pero de muy buen humor, y le manifesté que el objetivo de mi visita era simplemente satisfacer mi interés por conocerlo. Se mostró muy hospitalario, y me dijo que a veces se sorprende por los comentarios distorsionados que la prensa amarilla hace de él. Piensa que seguramente existen oscuras ambiciones interesadas en destruirlo o desacreditarlo, pero no se preocupa porque está convencido de que “la ignorancia tiene patas cortas”.

— Los imperios más poderosos, las obras de arte, los mitos épicos o las ciudades, se convierten en polvo con el paso del tiempo –dijo con voz grave–. Nada resiste los embates de la historia excepto mi reino, que es infranqueable, invencible. ¿Sabés por qué? Porque está regido por la magia del deseo. Yo soy la principal transgresión del ser humano.

— Voces anónimas de distintas latitudes sospechan que en tu reino vive clandestinamente la Pornografía, ¿qué hay de cierto en ese rumor? –le pregunté con tono indagatorio.

— Tenés que entender que toda interpretación al respecto entra en el plano de la economía política. Según los aristócratas, ellos son los que hacen el amor, porque los de clase media cogen y los pobres se revuelcan. Según los pobres, son ellos los que hacen el amor, ya que los de clase media cogen, y los ricos comercian. Y según los de clase media, ellos hacen el amor y todos los demás cogen. O sea que, según todos, coger, revolcarse o comerciar son prácticas pornográficas, y hacer el amor es puro erotismo y sensualidad. Queda claro que la pornografía sólo es el erotismo “del otro” connotado ideológicamente. ¿Entendés? A ver, te doy otro ejemplo para ser más claro: las mentes estrechas suponen que garchar en una cama de dos plazas, tipo Luis XV, con sábanas de seda, es Erotismo, mientras que garchar en el ascensor o en un gallinero es Pornografía. ¡Es un verdadero delirio pensar eso! Pornografía es todo lo que yo hago cuando no me he bañado.

— ¡Que lo parió!

— Ese tipo de confusiones me resulta obsceno –agregó irritado.

— ¿No pensás que las personas que consumen artículos de los pornoshops o películas condicionadas son un poco perversas? –le pregunté, para seguir alimentando mi curiosidad.

— A ver... ¿Quién pensás que es más perverso?, ¿un jovencito que se pasa setenta minutos viendo “Garganta profunda”, prestando atención a lo bien que se la pasan los protagonistas, observando cómo gozan y ríen entre felaciones y caricias, o aquel individuo que ve “El señor de los anillos” o “Matrix” y disfruta la visión de monstruosos seres que se mutilan idiscriminadamente?

— Bueno... desde ese punto de vista, sí, es más perverso el que mira “El señor de los anillos”.

— ¡Correcto! Es la eterna dicotomía entre eros y tanatos. Los aficionados a las llamadas “películas pornográficas” son ingenuos y altruistas comparados con los perversos que disfrutan del cine de Hollywood. Pero no me malentiendas, no estoy en contra del buen cine, simplemente digo que el erotismo, la pornografía o el nombre que se le quiera poner a lo que yo difundo, está más dirigido a las personas tiernas que a las perversas. A la perversión le interesa el poder, no el placer.

— ¿Entonces los sadomasoquistas son perversos? Porque ellos se vinculan a las relaciones de poder...

— No son perversos –exclamó en tono categórico–, porque el poder para ellos es sólo un vehículo que los acerca al placer. Perversos son los intolerantes, avaros, abstemios, cobardes, fascistas e indiferentes; perversos son aquellos que atentan contra la humanidad, no quienes la reafirman, como los libertinos, como el divino Marqués de Sade, mi mejor alumno.

Quedé anonadado. En eso sonó su teléfono celular. Atendió y escuchó atentamente. Asintió, con apuro apagó el teléfono y me miró con afecto.

— Tengo que irme, me esperan en la oficina para firmar una licitación de orgasmos. Ha sido un placer conocerte. Chau. Relájate y goza.

— Chau Eros –le dije, y me fui silbando bajito, con ganas de masturbarme.

Y así nació el presente trabajo, una serie de imágenes y reflexiones inspiradas en esta fructífera charla con Eros, que –debo reconocerlo– derribó varios de mis prejuicios.

 

Alejandro Crimi, Mendoza, diciembre de 2004

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