Textos

Click AQUÍ para leer o descargar la introducción en catalán desde Enderrock.


Introducción

En una noche cualquiera del 2008, con Quico acordamos grabar una serie de entrevistas con el objeto de componer su biografía. La primera vez que nos reunimos en su casa para trabajar, le pregunté por dónde debíamos empezar. «Por el principio. O sea por la persona que me trajo al mundo», contestó. Pensé que él quería hablar de su madre, pero me equivoqué. Me dijo que ya que el libro sería una especie de biografía sobre su vida, debía ser su madre quien hablara sobre él, no al revés. Le pregunté que cómo pensaba él que yo podría entrevistar a una persona fallecida. «Rebúscatelas. Tú mismo...», contestó. Recuerdo que esa vez regresé a mi casa algo confundido, pensando que sería muy improbable llevar adelante este proyecto de edición.

A la mañana siguiente, me disponía a ir a la biblioteca de Horta, cuando en la boca de entrada al Metro un hombre moreno me entregó un papelito que decía: «Maestro Karamba. Espiritualista, curandero y vidente especializado. Iniciado desde los seis años de edad en la Magia Africana, soy heredero de una de las mayores familias de Mandingue. El poder de mi videncia te ayudará a resolver cualquier tipo de problemas. Psicofonías garantizadas. Elimina el odio de tu vida, abandona el alcohol y la cocaína, supera la crisis y los agobios financieros, vence tu depresión. No le temas a la felicidad. Curo 10 tipos de dolencias, casos desesperados, impotencia sexual y transtornos mentales. Recupera el amor perdido en una semana. Resultados rápidos y seguros. Si quieres empezar una nueva vida llámame. Solicita una consulta al 678758032.»

Guardé el papelito.

A las diez de la mañana del día siguiente llamé al teléfono del Maestro Karamba. Me atendió una voz muy grave, que modulaba un castellano accidentado. Era el mismísimo Karamba, le dije que necesitaba hacerle una consulta urgente y me dio cita para las cinco y media de la tarde en su oficina del Raval. Llegué a su «oficina» con puntualidad. Había una luz tenue, muchas velas, un viejo televisor y extraños objetos africanos. Karamba dijo ser oriundo de Senegal. Tenía una mirada muy cálida y una media sonrisa eterna, como si se hubiera fumado un porro. Le expliqué que necesitaba entrevistar a una persona fallecida y quería saber si él me podría ayudar. Me dijo que lo iba intentar, y me cobró 50 euros. Me ordenó sentarme en una silla que había al lado del televisor y hacer silencio. Cerró las ventanas, encendió una vela roja, cruzó las manos sobre su pecho y bajó la cabeza. Permaneció así durante más de diez minutos, canturreando algo que me pareció inentendible. Finalmente levantó la cabeza y con los ojos muy abiertos me indicó que encendiera el televisor y que cambiara de canales hasta identificar alguna voz. El aparato era un Sanyo en blanco y negro de veinte pulgadas y no tenía antena. Fui cambiando de canales hasta que detecté un sonido que parecía un saludo. No lo podía creer... ¡el método de las psicofonías del Maestro Karamba funcionaba! Un poco nervioso saqué mi grabador digital y presioné el «rec». A continuación adjunto el resultado completo de la grabación:

 

¿María es usted?

Sí. ¿Con quién tengo el gusto de hablar?

 

Soy Alejandro, estoy haciendo una biografía de su hijo Francesc y quiero hacerle unas preguntas. ¿Tiene unos minutos?

Sí, sí.

 

¿Cómo está usted, María?

Estoy bien, muy ocupada. 

 

¡¿Muy ocupada?!

Sí, es que tengo mucho trabajo. Estoy haciendo cosas para el futuro, pero de eso no le puedo contar nada. Además si le contara no lo creería. Igual cuando le llegue la hora se va a enterar... Pero entiendo que usted me ha convocado para hablar de mi hijo, a quien quiero mucho y recuerdo muy bien.

 

Exacto... ¿Qué me puede contar de Quico?

Mi hijo nació de un parto normal a las seis de la mañana. Por mi intuición y la hora a la que llegó, me di cuenta que sería un chico problemático. Recuerde que las madres vemos cosas que los demás no ven. 

Unos años después, cuando comenzó a hablar, tuvo una actitud que llamó mi atención. Cuando le preguntaba cómo se llamaba, él respondía Antonio. Ahí me di cuenta de que era un niño mentiroso, porque con mi marido José le habíamos puesto Francisco. Supe que nos daría dolores de cabeza, como decimos la gente de mi generación. Si uno le preguntaba «¿Quieres un caramelo?», el respondía «No. Quiero dos.» Y entonces pues claro, yo sé que ahora no se estila pero mi hijo era «el Niño del Cachete». Siempre tenía la oreja derecha roja porque como hacía tantas cosas mal, pues cuando pasaba algo, primero se le daba un cachete y después se le preguntaba qué había hecho. 

Tiempo después se empezó a interesar por la música. A mi hija Mary le compramos una guitarra pero no le interesó, y entonces la tomó Quico y con unos acordes que le enseñó un vecino comenzó a hacer canciones. La verdad es que sus canciones no acababan de gustarme. Recuerdo una que se llamaba «Les putains». La cantaba en francés. La hizo pensando en el estilo de Georges Brassens, un cantante que lo influenció mucho. Luego mejoró un poco con la guitarra y empezó a componer canciones en catalán. Como lo vimos muy entusiasmado, le propusimos que estudiara música. Él accedió pero pronto le encontramos otra faceta conflictiva: lo expulsaron del Conservatorio. Y también lo fueron expulsando de todos los colegios donde iba. 

Lo llevamos a estudiar al Liceo Francés, y los profesores nos dijeron que era un niño que ni estudiaba ni aprendía, que siempre estaba como un vegetal. Que entraba a clase y si alguien le hablaba, él ni lo miraba. Y claro, esto no funcionaba y había que ir sacándolo de las escuelas. De todas maneras hay que reconocer que era un chico con mucha imaginación.

Cuando cantaba a veces lo prohibían o tenía problemas, porque estaba la dictadura de Franco. Y supongo que eso también le ayudó para que se ejercitara en la mentira, porque habían cosas que no estaban permitidas y las tenía que esconder. Pero una vez lo detuvieron...

 

¿Cómo fue?

Él se escapaba por las noches, se iba al Jamboree u otros locales de música y se quedaba a veces hasta la madrugada. Con mi marido nos preocupábamos mucho, porque no sabíamos dónde estaba, y entonces lo buscábamos por todos los hospitales y las comisarías. Finalmente lo esperábamos sentados en un sillón. 

Pero un día tuvimos una sorpresa: Quico regresó a casa tarde, pero esta vez estaba acompañado por unos señores. «Me ha traido la policía», dijo mi hijo algo nervioso. «Me alegro», comenté yo. «Calla, idiota», me dijo mi marido.

Creo que mi marido tenía razón en hacerme callar, pero en aquella ocasión estaba muy enfadada porque Quico mentía y se escapaba cada noche. Por eso cuando lo ví regresar con la policía me alegré. Es que siempre fui una persona muy impulsiva, al contrario de mi marido que era tranquilo y un poco ausente. Incluso era yo quien llevaba adelante todas las cosas familiares.

En fin... Esa fue la primera vez que lo detuvieron.

 

¿Y siguió llegando tarde?

Sí. Ya desde joven hacía la vida al revés, dormía de día y vivía de noche. Yo hacía las compras para todos, pero a la mañana cuando abría la nevera no había nada porque Quico venía tarde y se comía lo que encontraba. Por eso empecé a esconder el jamón dulce y las galletas en el armario del dormitorio, porque nosotros no éramos pobres pero tampoco íbamos sobrados de dinero.

Algunas noches aparecía en casa con sus amigos, que generalmente eran músicos y cantantes, y me pedía que les hiciera la cena. Yo me enfadaba y les reñía pero finalmente les preparaba una cena. Supongo que por eso sus amigos terminaron queriéndome mucho.

En aquel tiempo estaba de moda que la gente joven se independizase, básicamente marchándose de casa a los 18 o 20 años. Pero mi hijo se quedó en casa. Por eso conocí a muchos cantantes, con algunos de los cuales hicimos amistad, como Joan Manuel Serrat, la María del Mar Bonet, su hermano Joan Ramon o Pau Riba.

Cuando le tocó el servicio militar lo llevaron a África. Pensé que ahí se portaría bien, pero me equivoqué: Un buen día se escapó del cuartel y nos llamó. Nos dijo que cogería un barco y un avión y llegaría a casa. Yo me puse a llorar, porque pensaba que le podría pasar algo. Con mi marido buscamos un abogado y lo fuimos a esperar al aeropuerto. Cuando mi hijo llegó le preguntamos «¿¡Pero qué has hecho!?» Y él sólo dijo «Mira, es que no podía más...». Yo seguía llorando, «¿¡Pero si te queda media mili!?», le decía. Y bueno, finalmente lo enviamos de vuelta...

Cuando alguien se escapaba de la mili, lo castigaban y lo metían un par de años en la cárcel, por desertor. Pero a Quico no le pasó nada. Resulta que en esa época le dieron el Premio Nacional del Disco Español, y le enviamos al cuartel la notificación y la prensa. Y un teniente nazi, que lo admiraba porque cantaba, decidió no castigarlo.

También me enteré que hizo otras cosas que no estaban permitidas, que lo acusaron de una serie de faltas contra los militares y que lo detuvieron, pero mi hijo siempre tuvo mucha suerte y no le pasó nada.

Mire, con gusto le seguiría contando cosas de mi querido hijo, pero me están avisando que tengo ciertas actividades que completar...

 

María, antes de irse, ¿me podría dar alguna sugerencia que a usted le parezca importante para hacer este libro?

Mmmm... La verdad es que Quico era un chico muy bueno pero a veces exageraba un poco las cosas. Por eso le aviso que vaya con cuidado, ya que él le contará sus recuerdos y le explicará cosas que quizás no sean del todo ciertas. Es que Quico tiene mucha imaginación, se hace sus propias películas y se las termina creyendo. Incluso a veces, al ver la realidad, no la acepta. 

 

Le agradezco su tiempo y su colaboración.

Vale. Y por favor envíele muchos besos y un abrazo muy grande para Quico de mi parte y saludos a todos por allá.

 

Alejandro Crimi


Canción y sociedad

¿Qué piensas acerca del papel que cumple la canción en la sociedad?

Siempre he pensado que la canción y la música deberían enseñarse en forma adecuada en las escuelas, porque no puede interesar aquello que se desconoce. Porque que te interese la canción no es que te guste Brassens. Hay una frase de una amante de la ópera, que dice que lo importante es que hayan cantantes que no sean extraordinarios; porque eso es lo importante de un género. En el caso de la ópera, lo importante es que interese el género como hecho artístico, al margen de que existan intérpretes extraordinarios que puedan interesar individualmente como Pavarotti, Plácido Domingo o María Callas. Y con la canción pasa lo mismo.

Un buen referente de la canción fue el poeta François Villon (París, 1431 - desaparecido en 1463), autor de La balada de los ahorcados, canción que compuso en prisión antes de ser condenado a la horca. Finalmente le cambiaron la horca por el exilio y nunca más se supo nada de él.

Siempre se ha cantado, pero hoy en día, por la masificación, la industria y los intereses del mercado, el tema de la canción parece haberse desvirtuado.

Cuando nosotros empezamos a cantar en Catalunya, decíamos que hacíamos canciones de la vida cotidiana, no como Corazón de melón. Y no lo decíamos en forma despectiva, porque Corazón de melón es un cha cha cha de puta madre que puede servir para bailar fantásticamente, y tiene tanto derecho a la vida como La Marsellesa. Pero en la época de la Nova Canço había represión fascista, y la canción se instrumentalizó como política por el propio público. ¿Qué quiere decir esto? Quiere decir que al público no le interesaba la canción como tal, le interesaba que se cantara en catalán. Y claro, después cambia este ambiente de premisas y cambia todo. 

 

Hay momentos históricos donde canciones como Al vent, de Raimón, o tu Homme del carrer se imponen y trascienden como clásicos, porque además del valor musical y poético representan una síntesis del sentir social de un conjunto de la población. Y quizás otras canciones interesan sólo en un momento como catarsis de determinada situación...

Eso pasa en todo, en cualquier tipo de manifestación. El hecho de que la canción no interese es porque no se la conoce como a la pintura o la arquitectura. Un pintor me podría decir que la pintura tampoco interesa, pero en realidad la pintura está conceptuada socialmente como arte, cosa que no ocurre con la canción. Pienso que esto ocurre porque, entre otras cosas, todavía estamos viviendo y sufriendo los 40 años del fascismo de Franco. 

La frase «Aparte de cantar, ¿de qué trabajas?» todavía se dice hoy en día, incluso entre la gente que gobierna. Y eso es algo muy grave. ¿Qué es la canción?, ¿los cantautores son personas que hacen canciones y las cantan? ¿Qué significa eso?, ¿para cantar se necesita una industria, un mercado o una infraestructura? De esto casi no se habla. 

Cuando no hay interés por la canción, todo lo que está a su alrededor se resiente. Esto se traduce en que si yo, por ejemplo, voy a comprar una guitarra norteamericana que me interesa para trabajar, tengo que pagar más de un 120 % de impuesto por considerarse un bien de lujo y no estar conceptuado como herramienta de trabajo para los músicos.

 

Parece evidente que las administraciones culturales entienden de empresa pero no de música.

Tengo el honor de decir que traje a Paolo Conte a Barcelona, pero la prensa y las administraciones culturales, como siempre, no mostraron ningún interés. 

Lo de las administraciones es muy heavy. Un año, en una (Fiesta de la) Mercè, me llamó la directora y me dijo: «Mira, nos ha fallado Gino Paoli y necesitamos a alguien de peso. Faltan pocos días. ¿Tú a quién nos sugieres?» Yo volvía de Brasil y le dije: «Caetano Veloso». «¿Es bueno?», me preguntó. «Mira, te mando los discos pero no te mereces nada. O sea, no quiero saber tu opinión», le contesté. Y contrataron a Caetano, que cobró un pastón, como es normal. Y luego me encontré con esta persona y me dijo: «¡Es muy bueno Caetano Veloso!» Era para pegarle una hostia, ¿me entiendes? Ella es una profesional de esto, y no puede ser que no supiera quién era Caetano. 

Esto también pasó con Milton Nascimento. Un empresario importante llamó a un delegado de cultura del ayuntamiento y dijo «Mira, estoy en el Ministerio de Cultura de Madrid con Milton Nascimento que quiere cantar en Barcelona». «¿Quién dices?... Milton Nascimento... No lo conozco», dijo el delegado. Finalmente lo programaron en la Plaza del Rey, donde cabe muy poca gente. Yo estaba con él. Y claro, fue un desastre, fueron cincuenta veces más de los que cabían allí. 

Esto pasa mucho... también pasó con Joao Bosco, que lo contrataron pero como no lo conocían lo hicieron actuar antes de una orquesta de segunda. Y se enfadó, con razón. 

Otra vez, yo tenía una reunión programada con un Director General de Música de la Generalitat. Fui a la reunión, aquel señor empezó a hablar, y cada vez hablaba más lento hasta que se quedó dormido. Entonces yo me fui. Y por la tarde me llamó escusándose mucho, porque la noche anterior había ido a un festival de Tárrega... pero bueno, éste es el nivel que hay aquí.

 

Estas cosas hacen pensar que a los funcionarios de turno no les interesa el artista, sólo les interesa el círculo de interlocución del artista, que es donde bajan sus discursos políticos.

Sí. Lo que les importa mucho a los funcionarios es la capacidad de convocatoria que puedes llegar a tener y nada más, y esto la gente no lo sabe. Por eso a los funcionarios les interesan los megaconciertos. He visto, por ejemplo, un concierto de Bruce Springsteen donde la gente cantaba sus canciones sin saber inglés, que es una cosa bastante triste e increible. Aquí hay mucha gente que no sabe inglés pero canta de memoria a los Rolling Stone, a Bob Dylan o a Leonard Cohen, que es algo así como una cultura de la onomatopeya. Vivimos en el mundo de la onomatopeya. También he conocido alguna orquesta de tercera categoría, de estas que amenizan las fiestas mayores en los pueblos, interpretando canciones en inglés, con un sector del público acompañando en el canto sin entender lo que cantan. Es una cosa realmente curiosa. Esto de alguna manera se tendría que arreglar un poco, porque Dylan, Cohen y otros, dicen cosas interesantes, y si no sabes el idioma te pierdes gran parte de lo que están diciendo.

A principios de los ‘60, cuando hicimos el grupo Els 4 Gats, tocábamos blues y también traducíamos alguna canción inventándonos las palabras, pero es una lástima eso, y es lo que ocurre en general aquí. Las cosas llegan y se consumen en plan usar y tirar. En Barcelona me puedo ir de tiendas igual que en Londres o Nueva York. Lo que no hay es un sustrato que de validez a la cultura. 

 

¿Internet puede ayudar?

Hay internet hay de todo. Una teoría nueva dice que la próxima revolución es internet, porque una persona miserable y pobre, en casi cualquier lugar del mundo, en breve podrá tener internet –en la India ya se hacen ordenadores de 100 euros–; pero lo que nadie dice es cómo se valida eso. 

Internet se les escapó de las manos a sus inventores.

 

¿Y cómo ves eso?

Es que no lo veo. Ya se apañarán quienes han montado todo esto. Yo estoy a favor de los pobres, siempre, pero esto no lo veo de ninguna manera; es como la piratería: la casa Sony fabrica y vende duplicadores de CDs, y editan CDs. ¡Y después se quejan porque dicen que está prohibido duplicar CDs! ¡Que les den por culo, hombre!, que se lo monten mejor. Hay que tener cuidado con los inventos. 

En Brasil, donde sí interesa la canción, frente a la crisis optaron por bajar los precios de los discos, al revés de aquí; y les funciona muy bien. Pero aquí solo piensan en reprimir, no piensan en el consumidor. 

Hace muchos años, un sello editor de los más importantes del mundo, BMG Ariola, nos citó en una comida a Ovidi, a La Trinca, Serrat y a mí. Nos dijeron que desde hacía tiempo en México se estaban editando muchas copias piratas, que salían de su factoría de México, y querían hacer una policía especializada contra esto. Querían saber qué pensábamos nosotros, porque iban a hablar con el presidente de la Generalitat para proponer más control. «¡Que les den por culo!», le dijimos. Ellos nunca pensaron que debían facilitar a la gente el acceso a la música, y hacer un producto cultural que sea más accesible; ellos solo pensaban en reprimir.

 

Como autor, ¿qué piensas de que pirateen tus discos? Porque he visto que en internet se pueden bajar gratis del eMule o del Rapidshare casi todos tus discos con sus tapas escaneadas.

Yo no soy un gran vendedor de discos, no vendo millones de copias. Eso del eMule no lo conozco y ya no lo conoceré, pero sé que existe y que la gente lo usa. Y no lo veo mal. Tampoco entiendo porqué prohiben la marihuana.

 

¿Piensas que si no estuviera internet podrías cobrar mucho más dinero por derechos de autor?

No tengo ni idea. No lo tengo para nada claro. Entiendo a la gente que no tiene dinero para comprar un disco y lo trata de tener de otra manera, sin pagar. No veo tan bien a los que lucran con copias piratas. Estoy totalmente en contra de esas organizaciones que explotan a unos pobres vendedores para llenarse de pasta. Generalmente los vendedores cobran muy poco por las copias vendidas; en el 2008, un juez de Córdoba absolvió a un vendedor callejero de copias piratas porque entendió que lo hacía para subsistir.

El otro día, aquí en Barcelona, en una tienda en el barrio del Raval, en una joyería importante ponían un cartel con las letras muy grandes que decía: «Hacemos copias de joyas famosas». Es lo mismo, ¿no? Parece que se pueden copiar joyas pero no discos.

De todas maneras, los discos tienen una parte gráfica que, en la mayoría de los casos, está muy cuidada y contiene información. El disco es un todo. Si a alguien le interesa todo esto, creo que debe comprar el disco original. 

Personalmente, en la industria discográfica, he conocido personas que hacen discos y son unos ladrones; así de claro. Hace poco se publicaron muchísimas canciones mías y de otros, en el periódico Avui, y no he cobrado nada. Hice un recurso y un acta notarial, pero no sé qué ha pasado, supongo que nada. Y el editor seguro que ha cobrado.

 

En la música en vivo, ¿también hay problemas?

El mal que estamos viviendo con la música en directo es un mal endémico; no es de ahora. Aquí hay problemas de infraestructura y dejan poco espacio para el underground. Y esto no es responsabilidad de los artistas, sino de los que están en la industria del espectáculo, en las gestiones culturales y en la crítica.

Cuando conocí a Daniel Negro, propietario del Harlem Jazz Club, empecé a pensar en cantar en locales con música en vivo. Y de hecho fui muchas veces al Harlem y a otros locales de este tipo. Me pareció importante reivindicar la existencia de estos locales, que tienen propietarios que les gusta la música y que hacen lo que pueden con lo que tienen. Para mí es un trabajo jodido, porque cobras poco, tienes el público a un metro –cosa que a mí no me gusta–, y no están dadas las condiciones a las que yo estoy acostumbrado, pero bueno, es lo que existe. Estos lugares son pequeños pero se genera un buen ambiente y tocan músicos muy buenos. Lo que llama la atención es que la prensa no diga casi nada. De las pocas menciones que he leído en los periódicos, cuando he tocado en estos locales, recuerdo una que decía «Quico Pi de la Serra ha entrado por la puerta trasera». ¿Qué quiere decir esto?, que a los periodistas no les interesa el tema en absoluto. Yo puedo entender que un periodista tenga que hacer tres crónicas diaras, o varias críticas, o que vaya cansado y tal y cual, pero no entiendo su apatía por estas cosas.

Además, la administración ha machacado mucho a los bares que programan música en directo, y esto no sólo lo han hecho en Barcelona sino también en los pueblos. He hablado con el dueño de un bar, para quien era un honor que yo fuese a cantar, que me decía que se había visto obligado a ir al ayuntamiento y repetir aquella frase tan estúpida de «¿Qué queréis, que los jóvenes se droguen?», porque le estaban haciendo imposible hacer música en directo y estaba hasta los cojones.

Este desinterés por la música, por parte de la prensa y la administración, a mí me da un fuerte incentivo para continuar más que nunca. Porque nuestro único trabajo es continuar haciendo canciones y cantarlas, hasta que llegue un día en que todo esto se asimile y sea un hecho normal.

 

¿Has hecho conciertos atípicos?

En una época de mi vida monté conciertos en frenopáticos y para mí fue una experiencia muy interesante.

Una vez leí en un periódico que había un frenopático de Girona donde tenían sobrepoblación de pacientes, no cabían y algunos vivían en el jardín. Se había muerto uno y se dieron cuenta al cabo de quince días. Eso trascendió y yo quise ir a cantar allí pero no me dejaron.

Entonces me ofrecieron ir a cantar a un manicomio importante que está en Sant Boi de Llobregat, donde hay miles de pacientes. Era la primera vez que actuaba en un sitio así, y llevé un equipo de filmación porque me intereaba grabar diálogos con esa gente. Todo fue bien curioso... en estos sitios siempre pasan cosas. 

De entrada, cuando llegué al manicomio, me di cuenta de que los cuidadores están tan enfermos como los pacientes. Se cortó la luz y estuvimos horas con los médicos de allí sin luz, visitando pabellones. Estaban separados los hombres de las mujeres, y cuando entrábamos a los pabellones los médicos les hacían preguntas a los pacientes. Por ejemplo, llamaban a uno y le preguntaban porqué estaba ahí, y el hombre respondía «por matar a mi mujer». Supongo que los médicos nos querían sorprender o asustar. Luego cuando volvió la luz empezamos a actuar. Yo pedí que no hubiesen cuidadores. Noté que en esos sitios era muy fácil hacer demagogia, porque dije «ustedes están locos pero más locos están los de afuera» y se armó un lío acojoante, con gritos y aplausos. Y entonces dije «silencio» y todos callaron como autómatas. Pensé: «Aquí hay una repreión que te cagas.» 

Cuando acabé de actuar pregunté si alguien quería hablar, para que subiera al escenario. Los internos hicieron subir a uno que babeaba mucho y se veía muy mal. Era tartamudo descontrolado y decía «estamos mu, mu, muy cont, contentos, que cada jue, cada jueves...», y no terminaba nunca. Todos se reían a carcajadas, porque habían hecho subir a ese para tomarme el pelo. Estaba muy bien...

Después de esa vez fui a actuar a muchos frenopáticos, incluso en La Habana (Cuba), y siempre pasaban cosas curiosas. En un frenopático muy pequeño, recuerdo que mientras cantaba, se levantó una señora, vino a la boca del escenario y se puso a llorar desconsoladamente. Lloraba y no paraba nunca. Al cabo de un tiempo vino un cuidador y dijo «no se preocupe, siempre llora». Pero claro, yo no podía cantar así.

En otro que fui, estaba allí con la guitarra y de golpe todos los internos empezaron a decir a coro «¡tabaco, tabaco, tabaco...!» Y el director, que estaba loco, dijo: «Hostia Quico, me he olvidado el tabaco. Es que siempre que hacemos un acto les pasamos tabaco, y hoy me lo he olvidado...» Nosotros no sabíamos qué hacer y los internos seguían «¡tabaco, tabaco, tabaco...!»

A mí me atraen estas situaciones anormales, será quizás porque los artistas también formamos parte de un colectivo que no es muy habitual...

Otra vez fui a cantar a un centro de sordas en Valencia dirigido por monjas. Era la época en que yo llevaba un bigote muy grande.

Al acabar el concierto vino una monja y me dijo «no le han entendido nada.» «¿Cómo?, ¡si aplaudían...!», dije yo. «Sí, es que nosotros nos ponemos en una fila y cuando nos ven aplaudir, aplauden, pero con este bigote suyo ellas no pueden leer los labiales y no le han entendido nada...» Lo podía haber dicho antes, ¿no?

También fui a cantar a un centro de ciegas de la Caixa de Barcelona, y fue una cosa bastante impactante. El centro estaba en un edificio neogótico del Tibidabo. Cuando entramos, con los músicos vimos que todo estaba semioscuro y que la gente, en vez de hablar, susurraba. Fuimos al escenario, hicimos las pruebas a oscuras, y al rato llegaron las ciegas. Dije «Buenas tardes» y todas giraron la cabeza como autómatas y pusieron la oreja en dirección a mí para escuchar mejor. Ya me había acostumbrado a la penumbra y las veía, y pensaba «Hostia, esto va a ser difícil...». Cuando terminábamos una canción, se hacía un silencio absolto, y luego, al cabo de unos segundos, empezaban a aplaudir. Eso es porque ellas esperaban a ver si en realidad habíamos terminado la canción, lo que pasa es que esos segundos para nosotros eran interminables, es algo a lo que no estábamos habituados. Le dije a los músicos: «Dos más y nos vamos.» Y cuando acabamos y dije que nos marchábamos, vino una monja y nos dijo que no, que las internas nos habían preparado una sorpresa. Entonces subieron unas ciegas al escenario y me empezaron a tocar, porque es la forma en que se comunican. Pero cuando son varias y te tocan todas es bastante incómodo. La sorpresa era que con el coro de allí habían preparado una canción es castellano, catalán, vasco y gallego. La empezaron a cantar y nosotros estábamos estupefactos, y ya no podíamos aguantar mucho más. Y cuando terminaron de cantar nos apresuramos a irnos pero nos frenaron, porque nos habían preparado una merienda con canapés. «¿¡Canapés!?» dijimos, y nos fuimos; porque claro, una ciega ¿cómo prepara los canapés?, los toca todos, porque si no ve... Entonces me imaginé que aquella cosa iba a ser una guarrada.

También he tocado en varias cárceles. Lo que pasa es que hay algunos que van a cantar a la carcel y terminan diciendo «¡viva la libertad!», y después ellos se van a su casa y los otros se quedan. Más demagogia no puede ser... Yo tenía muy claro que sólo iba a distraerlos.