Textos

PRÓLOGO

 

Cuando terminé de leer el original de “Negra guacha”, conmovido hasta los huesos, no tuve otro pensamiento que llamarlo a Alejandro Crimi para decírselo. No sólo porque la historia de Ada Matus me había dado vuelta como un bolsillo que ni pelusa tiene, sino porque colocaba a Crimi en una categoría en la que su modestia no le permite reconocerse, la de los muy buenos escritores.

Para narrar las memorias de una mujer que sufrió mucho y, a pesar de eso, construyó su vida como un canto de alegría, había tomado un camino lleno de riesgos, que requería, además, una gran generosidad: prestarle su voz de narrador para que la primera persona conectara al lector directamente con la protagonista. Soy escritor y conozco muchos escritores a secas o escritores periodistas, y se lo difícil que resulta dejar el ego a un lado para convertirse en el vehículo del otro.

Lo llamé porque, esto es egoísmo del bueno, me sentía orgulloso de ser su amigo. Y, como los dos vivíamos en Barcelona, me puse en “gallego” para corearle el ¡Torero… torero! conque las graderías de las plazas taurinas premian y reconocen a un gran diestro. Tenía que decirlo en voz alta, porque, nos pasa a todos los escritores, me hubiera gustado ser yo el autor de un texto tan dramático y al mismo tiempo tan delicado, tan respetuoso y tan bien escrito.

Alejandro, que venía penando varios años para encontrar editor sin conseguirlo, porque muchos preferían “sacarle el culo a la jeringa”, ante la posibilidad de que su trabajo de se concretara en este libro en la mano del lector, me pidió que lo prologara; y me sentí muy honrado.

Sabía que no me sería fácil ponerme en prologuista, porque desde hace mucho tiempo eludo los prólogos y, si lo hago, es después de haber leído el libro sin prevenciones. Es que algunos prologuistas hacen que la afirmación de Gabriele D´Annunzio a cerca de los traductores les caiga como un sayo a la medida: Traduttore, traditore. Traductor, traidor.

No sé por qué, enigma que le dejo a los analistas de diván, muchos prólogos están destinados a mostrar cuán inteligente es el prologuista y tienen un no sé qué de pedagogía infantil, que un buen lector no pide ni necesita. Esos emboscados, nos cuentan y puntualizan el libro antes de que lo hayamos leído, orientando en su propia dirección la lectura y la interpretación que uno prefiere hacer desde la ingenuidad.

Por eso tengo claro que, al escribir estas líneas, camino sobre el filo de la navaja, si no quiero traicionar ni al lector y ni al escritor.

Dicho esto me limitaré a dar algunas pistas de acercamiento a los personajes centrales, porque habrá lectores muy jóvenes para quienes ciertos nombres, ciertos tiempos, son cosa de un pasado remoto o de la mitología popular.

“Negra guacha” es una historia de seres humanos, con toda la mierda y toda la gloria que tienen los seres humanos. Aquellos que prefieren los mitos intocables, prolijos y falsos, los que quieren ver a San Martín siempre cruzando los Andes en un caballo blanco, con la mirada tendida hacia un horizonte de superhombre, habrían hecho bien, en lugar de comprar este libro, en gastarse la plata en un Macdonald.

Oscar Matus fue uno de los más grandes músicos y renovadores del folclore argentino en los años 60. Y, como todos los verdaderamente grandes, luchó contra la incomprensión, la miseria y los demonios que llevaba sobre los hombros de su propia y nada fácil vida.

Oscar Matus fue el demiurgo que convirtió a Mercedes Sosa en la gran cantante que todos hemos reverenciado. Cómo y de qué manera, está contado en estas memorias, tal vez no aptas para menores ni timoratos.

Oscar Matus era el padre de Ada y su hermana, a las que sacaron del orfanato adoptándolas con Mercedes Sosa, que en ese tiempo era su compañera de vida.

Para Ada Matus, la mujer que la parió fue siempre “la concha”, mientras reserva el “mamá”, para Mercedes Sosa, y nunca dejó de amarla, pese a sentirse abandonada.

Sé, porque lo he vivido de cerca, que las personas somos capaces de lo más angélico y de lo más diabólico. Del amor y del horror. Y en estas memorias las dos cosas se entrelazan en una cuerda única, la vida de Ada Matus.

Más de una vez el lector se preguntará como Ada Matus pudo sobrevivir a tanto en contra, siempre apostando por la vida, cuando muchos se hubieran llenado de pastillas para hundirse de una vez en el olvido. Tal vez porque la vida es insolente, y muchas veces le gana la batalla a la muerte.

Cuando terminé de leer el original, donde por encima del drama y la mugre prima el amor y la ternura, me dije que si ser un niño maltratado te marca para siempre y de la peor manera, ser un niño, una niña, de quien su padre abusó sexualmente durante años, tiene que ser el infierno en estado puro. Porque el niño, la niña, está atrapado entre el amor y el horror.

Así como Alejandro Crimi no emite juicios ni opinión sobre los personajes y sus historias, yo haré lo mismo. No hay nada que decir. “Negra guacha” es el vínculo directo entre Ada Matus y quién lea sus memorias. Los juicios, las opiniones, la empatía o el rechazo, quedan en manos de cada lector, que, como con todos los libros, terminará de construirlo desde sus propios valores, prejuicios o experiencias de vida.

Al fin y al cabo, libros como este son un espejo en el que podemos mirarnos a la cara y ver los visajes de nuestros propios monstruos; si tenemos el coraje que se necesita.

 

Raúl Argemí


INTRODUCCIÓN

En 1997 conocí en Buenos Aires a Ada Matus, fuimos a un bar y la entrevisté para una revista cultural. Sus vivencias y su mirada del mundo me hicieron reflexionar sobre muchas cosas, así que cuando me comunicó su intención de hacer un libro sobre su vida, me ofrecí de inmediato para escribirlo. Aunque generalmente se disimule, los libros nacen con una gran fragilidad, la misma, obviamente, que poseen sus gestores. Por ello, Negra guacha tuvo que soportar, durante casi 20 años, una serie de procesos, búsquedas, desencuentros y duelos que transcurrieron entre Mendoza, Buenos Aires, Barcelona y París. Finalmente, el interés y entusiasmo de Eduard Casas Bertet, presidente de Grup Associat pels Serveis de Salut (GASS), y la atenta lectura de Ferran Fernández (Luces de Gálibo), evitaron que la deriva editorial cumpliera dos décadas.

Negra guacha. Memorias de Ada Matus es el resultado de un trabajo periodístico que elaboré a través de muchas charlas grabadas, correos electrónicos y papelitos escritos, a partir de los cuales se configuró el gran collage que dio origen al cuerpo del texto. Opté por desaparecer como entrevistador y redactar la biografía en primera persona (como Ada Matus), para así potenciar el tono intimista y directo de la protagonista del relato y componer bloques que mantuvieran un orden cronológico y temático. Los textos parciales que iba produciendo los comprobaba con fuentes diversas y luego se los enviaba a Ada para discutirlos y recibir su aprobación. Ella, con una paciencia infinita y una impecable disposición, facilitó todo. Ahora, solo espero que el resultado le sea útil a los lectores para así cerrar el misterioso círculo de la escritura.

Ada logró sobrevivir a situaciones muy complejas sostenida por una enorme dignidad, manteniendo intacta su pasión por el arte y las cosas simples, y quizás por ello su relato no tiene concesiones ni eufemismos.

Hija de artistas famosos, polémica e irreverente por naturaleza, Ada traza con sus anécdotas un gran fresco donde se refleja nuestra sociedad con una nitidez obscena. En algunos casos puede resultar difícil identificarse con su mirada, tan difícil como desconocer la veracidad de sus contextos, pero la comprensión de esa paradoja aparente es, precisamente, uno de los principales desafíos que nos impone su voz.

 

 

Alejandro Crimi


1. El vértigo del retorno

 

Buenos Aires, verano de 2004

Me pregunto por qué me metí en ese maldito vuelo París-Buenos Aires. No sé si por nostalgia o estupidez. Volver al país de mi infancia, donde absolutamente nadie me espera, es como hacer un extraño safari. Después de lograr escapar del racismo «anticabecitas negras» que envenenó mi niñez, no tengo muy claro qué he venido a buscar.

El hecho de poseer rasgos indígenas siempre me valió el asombro de los argentinos, inclusive, de los de la diáspora. Como argentina, nunca entendí por qué a los morochos nos miran con asco o sorpresa. Ese asombro, ese dolor, marcaron mi vida.

El viaje transatlántico me pareció atroz, más todavía por la alegría y la expectativa de los pasajeros argentinos, quienes no pararon de mostrarse fotos y de hablar de sus familias durante las horas del viaje. Para peor, al aterrizar se pusieron a aplaudir al piloto e, increíblemente, como si ellos hubiesen logrado una hazaña, se felicitaban. Toda esa alegría me resultó fingida y, sobre todo, contagiosa. Entonces, como tantas veces en mi infancia, me separé de la horda, puse cara de culo y me encerré en mi querido silencio para impedir que me invadieran con tanto barullo.

La ciudad me recibió como una mujer: húmeda y caliente. Así penetré en Buenos Aires. Hacía muchos años que no volvía a mi país, quizás quince, tal vez más, y me sorprendió la densidad del aire.

Regresé colmada de sentimientos fuertes: odio, celos, rabia y amor desesperado.

 

 

2. La infancia en Mendoza

 

Todo empezó en la detestable infancia, esa edad asquerosa en que no fui más que un estorbo, una molestia, una plaga humana. Estaba hambrienta de amor y pedía cariños, besos, mimitos, atención y dulzura. Pero no recibí casi nada de lo que mi pobre cuerpo exigía. A los dos años, mi madre de entonces me llevó «a visitar un lugar», y yo, que nunca lograba despegarme de su cuerpo porque era un pegote que no la dejaba ni mear sola, fui contenta. Me pidió que la esperara un momentito, tranquilita, al lado de un árbol. Y yo esperé. Esperé seis años. El lugar que me llevó a visitar era un orfelinato de San Rafael, en el sur de la provincia de Mendoza.

El tiempo pasaba, y al ver que la «concha original que me parió» no volvía, decidí eliminarme, destruirme. Quería estar muy liviana, para que la muerte me llevara sin esfuerzo, para que me arrancase sin dificultades de mi pobre cuerpo, siempre enfermizo, feo, roñoso, asqueroso y hediondo. Quería hacer realidad mi sueño de anoréxica suicida: morir. Pero estaba mi hermana Alba, quien, a pesar de tener sólo dos años más que yo, se obstinaba en que me quedara con ella en este mundo. Debía comer y seguir esperando. Nunca entendí por qué Alba persistía en la convicción de que alguien vendría a buscarnos alguna vez.

Mientras tanto, seguíamos internadas en el orfelinato, que estaba repleto de niñas abandonadas, olvidadas casi todas. Digo «casi» porque había algunas que recibían visitas de sus padres, o al menos de sus madres, todos los fines de semana. Ellos les hablaban, les daban noticias familiares y les traían exquisiteces, como frutas o golosinas. Les acariciaban la cara, les daban besos enormes y chiquitos y, entre llantos,  trataban de explicarles que sólo la miseria de los hogares justificaba su estadía entre «las guachas».

Nosotras también tuvimos una vez la visita de «mamá». Vino como si fuera natural haber olvidado a sus hijas durante años. Apareció peinada, maquillada, perfumada y feliz, con panza de nuevo embarazo. No la reconocí, pero Alba me convenció de que era ella. «Mamá» se sentó en una silla, metí toda mi carita entre sus piernas y reconocí el delicioso olor de su concha. Mientras ella estuvo sentada, yo me quedé inhalando ese delicado perfume que me tranquilizaba y que recuperaba desde el fondo de mi prehistoria infantil. Luego nos llevó a una casa muy pobre, sucia y desordenada, donde se puso a sacar vestidos brillantes y zapatos altísimos. Todas cosas forradas con tules y perlas. Y para terminar el paseo, estuvimos toda la tarde recogiendo uvas. En ningún momento nos explicó por qué nos había abandonado ni intentó excusarse. Luego desapareció para siempre.

Yo envidiaba a las niñas que tenían madre. Tanto las envidiaba, tan fuerte, que me enfermaba. Me subía la fiebre, vomitaba y me desmayaba, pero mi vieja no aparecía. La noche era el momento más desesperante; entre las sombras escuchaba murmullos, risitas y corridas silenciosas de cama en cama. Algunas chicas encontraban confort entre los brazos o las piernas de otras, mientras que yo, pobre estúpida, temblaba de terror y rezaba. Tenía miedo de que alguna, por error, se metiera en mi cama, así que bloqueaba todo mi pobre cuerpito enrollándolo en la sábana y me aferraba al Padre Nuestro y al Ave María hasta que me dormía. Pero si algún ruido me despertaba, entonces mi único sistema de defensa era orinarme. Claro está que en esos casos las monjas no escuchaban el grito que emergía de mi húmeda expresión y me ponían en penitencia.

Nunca me quedó claro si alguien de allí alguna vez me deseó, porque siempre fui horrible. Los mocos me llegaban hasta el suelo, mi nariz estaba siempre mojada, era enana y esquelética, la última de la fila, la que no entiende nada, la que reza todo el tiempo. Lo único que aceptaba era vivir para Dios, y si Él lo decidía y me condenaba a seguir viva, algún día sería religiosa. Quería morir, pero no pecar.

Una noche de susurros, suspiros y risas entrecortadas, mientras trataba de rezar, sentí que un cuerpo enorme me observaba risueño. A pesar del pánico, abrí los ojos todo lo que pude y lo vi. Era inmenso, un poco encorvado, totalmente desnudo y tan peludo que parecía estar vestido con un traje de piel. El extraño ser andaba alrededor de mi cama, muy divertido. Lo reconocí de inmediato, era un diablo sonriente, muy jocoso, burlón, que intentaba poseerme con su mirada obscena. Y entonces entendí la fuerza de la oración, porque me pasé toda la noche rezando. A la mañana, cuando fui a la primera misa del día, sentí que lo había vencido. Nunca más me molestó.

Dado que me habían olvidado, morir me parecía lo más adecuado, fácil y coherente. Sí, lo mejor era evaporarme, desaparecer para no molestar más a nadie. Y mi decisión se reforzó después de una tarde, cuando un grupo de «niñas grandes» murmuraba planes para escaparse por el portón del fondo. No querían terminar en el Buen Pastor, un orfanato religioso donde enviaban a las niñas abandonadas que ya superaban cierta edad. Se decía que en ese lugar todas debían elegir entre ser sirvientas o putas, y que la mejor opción era la segunda: los patrones o sus hijos siempre terminaban abusando de las domésticas, a las que nadie protegía. Por eso decidieron huir. Me llevaron al fondo mientras las monjas dormían la siesta. Las más grandes treparon el portón y saltaron a la calle. Desde allí nos llamaban. Al final, quedamos sólo las dos Matus. Cuando mi hermana empezó a escalar y cuando casi todo su cuerpo ya estaba afuera, yo tuve la excelente idea de tener una crisis de asma y de «morirme» en el acto. Dejé de respirar. Entonces vi la mirada de Alba, y supe que me comprendía. Primero apareció uno de sus pies de este lado del portón, y luego el resto de su cuerpo adorado. ¡Aleluya! Mi hermana había regresado y no me iba a abandonar.

Mi bellísima hermana, quien entendía todas las situaciones, siempre me defendió. Me protegía de la violencia de las otras pupilas. Yo aguantaba bien las burlas, las escupidas y otros insultos, pero no tanto los golpes, empujones, pellizcos y patadas. Aunque las monjas me recomendaban que debía aprender a perdonar, yo aprovechaba el momento menos esperado por mis agresoras para saltarles encima y, de un mordisco feroz, les arrancaba, como mínimo, un grito de pavor o de horror bien concreto. Y mientras una gritaba y otra me pegaba en la cabeza para que abriera por fin la boca, yo seguía cerrando con más fuerza y alegría mi poderosa mandíbula. En medio de la desesperación general, tenía que venir mi hermana para que soltara «la presa», ya que ella era la única persona a la que yo escuchaba.

En una ocasión, una niña más grande que yo me agarró fuertemente de los pelos y me levantó del piso. Reaccioné como siempre: la mordí. Y para demostrarle que para mí eso no era un juego, apreté más y más mis dientes hasta que sentí que traspasaban la piel y que luego de lo crocante llegaba lo más tierno. Su carne cedía sin ninguna dificultad y su sangre me llenaba la boca. De todas esas experiencias «mandibulares» me queda, todavía hoy, un recuerdo fuerte y muy presente de alegría y potencia, particular combinación que reencontré años después sobre el escenario.

Yo era bastante imbécil, lentísima para reaccionar, tímida, miedosa y totalmente introvertida, y encontré en la religión un pequeño alivio existencial. Para mí era muy extraño el hecho de que, a pesar de que nunca había escuchado hablar de Dios en casa, algunos ecos de las misas, oraciones y plegarias que rezaban las «hermanas» habían logrado penetrar en mi pobre cerebro enfermo. Si bien las oraciones no me daban paz, por lo menos me permitían creer en la noción de sacrificio y culpa, que me servía para luchar contra el sentimiento de odio que carcomía mis entrañas.

En  invierno, entre tantas oraciones, el frío feroz nos hacía salir sabañones, nos adormecía los miembros y las ideas. Se filtraba en nuestra roña, puesto que no nos lavaban casi nunca. Creo que sólo una vez por mes. Y, para colmo, me meaba encima casi todos los días. Teníamos que tener mucho cuidado en no cometer la imprudencia de resfriarnos, porque no había ni medicamentos ni pañuelos. Y si nos invadían los mocos, recurríamos a nuestro único delantal, que también servía como vestido y abrigo, que se acartonaba de tanto que nos limpiábamos la nariz en él. Aprendí que había que empezar utilizando el lado trasero y luego ir avanzando hasta llegar a la parte de adelante; y así, a fuerza de sentarse sobre esa tela llena de mocos, ésta se mantenía seca y mucho menos dura… ¡Yupi por la astucia!

Nos pasábamos muchas horas del día bordando y cosiendo los ajuares de «las niñas», innombrables señoritas de buenas familias que un día se casarían como Dios manda. Y nosotras, borda que te cose, todas en círculo frente al brasero, escuchando en silencio versículos de la Biblia. Adoraba esos momentos de paz, de telas limpias y de hilos multicolores.

Recuerdo que a veces mis compañeras de encierro se desmayaban durante la misa. No sé por qué. Ahora pienso que quizás fuese por la alimentación, que era muy mala. Alba, hasta hoy, tiene cierto rechazo a comer lentejas o porotos, porque en el orfanato siempre comíamos eso, y a veces tenían gusanos. En más de una oportunidad, los alimentos estaban podridos o en mal estado.

Había gente que regalaba comida al orfanato, y las monjas nos lo resaltaban mucho eso de que vivíamos gracias a la generosidad de la gente que nos traía arroz, bolsas de fideos o lentejas.

Dos casas grandes constituían nuestro lugar de encierro, una para las niñas y otra para los ancianos, en donde había un tero que siempre montaba guardia. Los viejitos, como nosotras, también eran parias y olvidados. Por eso me alegré el día en que se murieron dos de ellos, porque eso significaba que si les sucedía a los otros, también podía pasarme a mí, y esa era la única escapatoria al olvido.

De noche me gustaba mirar al cielo. Las tormentas con granizo eran frecuentes. Me maravillaba ver «las piedritas» caer desde arriba cuando el frío y la humedad invadían hasta las paredes y perforaban mi cuerpucho esquelético. Cuando el granizo caía con fuerza, yo me escapaba al patio y tomaba esas piedritas de hielo y les pedía siempre el mismo deseo: una mamá, ¡pero ya mismo, por favor!, y que huela bien y que no sea ni negrita ni tímida ni lenta como yo. ¡Que sea brillante!

Y resulta que una vez, en medio de tanto abandono, apareció una señora buena. Como esta señora no sabía si yo estaba bautizada y veía que siempre me estaba muriendo, decidió hacerlo y ser mi madrina. Creo que se llamaba Teresa, y, por lo que recuerdo, le debo el hecho de haber salido del orfanato, ya que fue ella quien contactó a nuestro padre para informarle que sus hijas estaban abandonadas y que una de ellas –yo–, muy enferma porque rehusaba alimentarse.

Teresa había averiguado quién era nuestro padre, y una vez que Oscar Matus vino a actuar a Mendoza –quizás para la Fiesta de la Vendimia–, se comunicó con él. Oscar hacía un tiempo que ya no vivía en Mendoza y estaba a full con Mercedes y la música.

Gracias al gesto de Teresa pudimos conocer una parte de nuestra historia: la Nedis Gladys Quinteros, después de haberse separado del Negro, y argumentándole (hipócritamente) al juez que no podría nunca jamás vivir separada de sus hijas, decidió olvidarnos en un orfanato, sin siquiera informar a nuestro padre. Nunca entendí su motivación. ¿Quizás fue una simple historia de venganza dentro de una pareja?

A mi madrina le debo también el único regalo de cumpleaños de toda mi infancia: una torta bellísima decorada con figuras de Blancanieves y los siete enanitos. Nunca había imaginado algo tan bello. Los muñequitos estaban confeccionados en azúcar y pasta de almendra, pintados con mucho rojo y verde, y la piel era blanca. Me costó muchísimo cortarla y, sobre todo, fue terrible devorarla. No dejaba acercarse a nadie. Sentía un placer inconmensurable al degustar mi torta, y a cada pedacito le daba mil vueltas dentro de la boca. Era una delicia. Este ritual duró casi un mes, y cuando la torta se terminó entendí que nada nuevo me podía suceder. Fue por eso que nuevamente decidí morirme, no comer nunca más. Pero las monjas y mi hermana se obstinaban en no dejarme ir con este recuerdo tan bello de la torta y me ponían a la fuerza aceite de ricino y pedacitos de comida en la boca. Yo lograba vomitar casi todo, para poder morir lo más liviana posible. Casi lo había logrado: las piernas no podían sostenerme, todos los sonidos me llegaban desde muy lejos y tenía una deliciosa sensación de vacuidad de mí misma y de todo lo que me rodeaba. Y fue entonces que apareció lo que no esperaba: Papá está en el jardín del fondo, sentado bajo el árbol, me dijo Alba, súper contenta y muy nerviosa.

Yo estaba muy sorprendida y fui a verlo. Mi padre era una pobre cosa feísima, nerviosa y trajeada. Estaba oscuro y preocupado. Así que huí de semejante decepción, pero las monjas y mi hermana me obligaron a volver. El Negro quiso besarme y me defendí con éxito, hasta que renunció a su intento, porque Alba le advirtió que yo mordía. A él le pareció muy gracioso, y con su risa me mostró unos dientes minúsculos que yo veía con ojos desorbitados. Tiempo más tarde, al llegar a hogares normales y con espejos, me di cuenta de que yo tenía muchos de los rasgos de mi padre y de que éramos muy parecidos en el aspecto físico.

Antes de terminar su primera visita, papá nos preguntó qué queríamos de regalo para la próxima. Yo, como siempre, dejé hablar y elegir a mi hermana por mí, y ella propuso la idea fabulosa de un queso. Alba sabía exactamente lo que yo podía desear. Así fue que, por primera vez en mi vida, a los ochos años, probé un queso Gouda, y nos gustó tanto que lo comimos entero. Fue un verdadero festín, gracias al padre que luego aprendí a querer y a odiar.

Y un buen día nos sacaron del orfanato de San Rafael. Las monjitas nos metieron en una camioneta y viajamos de noche en compañía de un adulto. Yo estaba enferma y vomitaba todo el tiempo. Nos llevaron a la Ciudad de Mendoza, donde nos encontramos con papá y Mercedes. Estuvimos allí dos o tres días.

En Mendoza teníamos que ir a Tribunales para ver a un juez que iba a decidir si confiaba la tutela o tenencia de las niñas Alba y Ada a la pareja Oscar y Mercedes. Nos dejaron provisoriamente en otro orfanato que estaba en el Parque General San Martín. Era muy limpio y lindo. Había muchos objetos, venían visitas y servían buena comida. Pienso que ahí iban los niños que entraban en la última etapa de la adopción y que estaban en tránsito.

De este orfanato, a diferencia del de San Rafael, sí podíamos salir a pasear un rato. Fue entonces cuando por primera vez vi a familias paseando por la calle. La gente nos miraba con curiosidad, porque estábamos rapadas o teníamos el pelo muy corto por culpa de la falta de higiene y los piojos.

Muchos años después, cuando regresé a Mendoza con mis dos hijos mayores y mi hermana Alba, busqué ese orfanato, pero, por suerte, ya no estaba más. Sentí un alivio muy grande al saber que no había más niños encerrados. 

Finalmente, el juez accedió al reclamo de Oscar y Mercedes por nuestra tenencia, y nos fuimos inmediatamente a Buenos Aires, porque papá tenía diversos compromisos musicales.

Ya existía el Nuevo Cancionero, pero de eso ya hay mucho material en los diarios de la época.