In memoriam

A Juan Antonio Calise lo conocí en Mendoza, el día que cumplí 46 años. Lo había conocido Ludovica (mi pareja) unos días antes y lo había invitado a venir a casa. Recuerdo que estaba preparando un asado cuando él llegó, y antes de darle la mano para saludarlo le serví un vaso de vino malbec. Inmediatamente congeniamos. Era brillante en todos los sentidos. Inteligente, culto, sensible, aventurero, refinado, afectivo, humilde, diferente. Uno de los tipos más entrañables que he conocido.

Una tarde de 2007 decidió irse de este mundo.

Familiares y amigos despedimos sus cenizas en el río Mendoza.

A continuación se puede leer una semblanza de su madre, y varios escritos del cuaderno personal de Juan Antonio.

El recuerdo es salud.

 

A. Crimi

 


JUAN ANTONIO CALISE JARDEL (1983-2007)

 

Juan Antonio Calise nació el 22 de Mayo de 1983 a las 3,30 hs. de la madrugada, en la ciudad de Mendoza, Capital (Argentina). Realizó su jardín de infantes en Instituto Nadino y, tras la mudanza familiar a Vistalba, estudió en el Instituto San Pablo de Luján, en el colegio Ing. J. Krausse, y en el Nacional A. Álvarez, donde obtuvo su Bachillerato.
Posteriormente cursó un año y medio en Esc. Hotelería, y cuatro años de Psicología en Universidad de San Luis, carrera que dejó para realizar un viaje de profundas experiencias. De regreso a Mendoza, manifestó entusiasmo por nuevos rumbos e inquietudes por las lenguas orientales y las medicinas alternativas.
Noctámbulo por naturaleza desde muy niño, cuando entró al mundo escolar descubrió el mundo de los libros y aprendió a disfrutar hasta tarde de la lectura. De carácter melancólico, alegre, sensible y buena onda (geminiano típico, dicen los que entienden), traslucía sus caras y contracaras. Amigo de las causas justas, del arte y del encuentro con el ser humano, supo ignorar y romper muchas de las fronteras neciamente inventadas por los que dividen.
Intentando su propio camino integrado al Todo, soltó finalmente amarras y apegos, buscando su Itaca, su tierra preciosa, el 17 de Setiembre del 2007.
Quienes lo conocimos, lo tuvimos y disfrutamos, lo extrañaremos mucho siempre, deseándole haber encontrado la tierra prometida y un feliz viaje.

 

Silvina Jardel (Madre de Juan Antonio)

 

 


POESÍAS de Juan Antonio

 

 

Me voy y no sé adónde es que parto.
Este viaje lo hago sin irme, dentro
de un aula de hule, en una universidad
de presidiarios. Escapo como el alcanfor,
convirtiéndome en vapor. Se alejan mis
humores, mis ojos se dejan cerrar,
es el impulso del sueño que intenta
que sueñe y me propone un cansancio
absoluto, es decir, uno que resista
los embates de la risa, el alcohol y
los amigos, para que no pueda
reaccionar ya más.

 

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De dónde se desprende tanta palabra!
y tanta palabra alegre, dolorida, reumática;
de dónde se desprende tanta destrucción
y en la misma bandeja tanta creación,
esta ilusión que nos pretendemos.
O no se nos desprende…
sino que se nos prende!

 

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Las ilusiones son como espejos que brotan
de la tierra y corren el riesgo de quebrarse
y no ser mas que pequeños cristales
que ya no reflejan sino que encandilan.
¡Ay de los que el destino les ha dotado de
ojos demasiado sensibles a tanto vidrio incandescente!
Una llama incandescente llegaremos a ser,
y quien busque nuestras cenizas no encontrará
mas que quemaduras en su piel.

 

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No vamos ni venimos, simplemente
nos encendemos y agotamos.

 

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Será que los destinos individuales de cada ser
son siempre tan imprecisos,
tan fácilmente olvidables.
Hay algo que escapándose y oculto en las
tinieblas del día no puedo dejar de reconocer.
Hay algo nefasto recorriendo mi cuerpo,
no es nicotina, ni yagé; es tal vez
un deseo o una superstición, un misterio
indescifrable intentando una angustia amarga.

 

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Pensar la existencia de Dios es tan terrible
como pensar su ausencia. Lo primero
le hace a uno anhelar la muerte
(al menos al nostálgico). Y lo segundo,
a rechazarla ferozmente, como la alegre
crueldad de aquellos que experimentan al vivir
una insatisfacción infinita.
Cuando el éxtasis se oculta, una ceguera
abismal empaña nuestro espíritu.

 

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La razón de nuestro destino se desvanece
cuando se encuentra cara a cara con el
sinsentido que acecha en las esquinas.
Será cierto que todo es mentira?
Hay sombras ocultando bellamente una luz
o un algo al final de cada muerte, de cada
misterio. Es esa misma belleza la que nos lleva
a desear salvajemente su destrucción.
Es ese amor anhelado el que nos impulsa a
dar un paso más allá, más allá de todo,
más allá hacia la muerte, para luego despertar
duramente algunos escasos segundos en paz
con ella, sin miedos, y rebosantes de alegría,
ante esa fugaz visión de tanto vacío que
estamos hechos.
Y luego perfidia, solo perfidia.

 

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INCOMUNICACION
Si pudiera encontrar las palabras justas,
si todo se resumiera en una palabra.
Es demasiado duro, demasiado triste que
una palabra te acorrale; es diferente.
La palabra me desespera, la quiero,
la odio, la detesto, me dan ganas
de poder profanarla; siento vergüenza,
la culpa no me deja dormir y el insomnio
se apodera de mí.
Y la respeto… la cobijo, pero tengo la
seguridad de que en realidad ella me
cobija a mi… y yo frágil, me someto.

 

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Las atmósferas se subvierten en mundos
de particularidades callosas.
Un punto se asemeja más a la eternidad,
y lo eterno mismo no es más que puro azar.
El destino con toda la dulzura de la fortuna
infinitamente perdida en un juego de cartas
sin manos que repartan, se presentifica
omnipotente, en cada punto con forma de callo,
por siempre limado y vuelto a limar.
El mundo desaparece, las atmósferas elevan
anclas, encallan, se mezclan, giran
hasta desvanecer.
Cuerpo fugitivo-cuerpo carne
La vida termina cuando el punto
se vuelve tramo. Aún así la carne
camina, el bicho la pica. Punto aparte.

 

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LÁGRIMAS
¡Ahí vienen! No se dejan ver
las puedo sin embargo mirar;
lo sé porque me sienten.
No se dejan estar
no se dejan caer;
han pasado por mi rostro ya
me han herido al pasar.
Aun así, las siento cascabelear,
las siento llegar.

 

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¡Mueran otra vez!
¡Déjenme en paz!
¡Malditos están!
¡No me hagan odiarlos!
¡Malditos están!
¡Sé lo que son!
Fantasmas sin domar,
sombras por llegar, sombras por andar.

 

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Marchitas las margaritas, ni la razón queda.
El gusto amargo del sol,
la sombra espesa del alma,
la sonrisa hipócrita del corazón,
el cuerpo mercenario de la realidad.
Todo se desvanece al pasar el color
de lo marchito por los pétalos del amor.
El gris cansancio, el orden del caos,
se asemejan al velo pesado de la
belleza desvanecida.
Entre suspiros y anhelos
me dejo,
pobre,
solo,
inmóvil,
sombrío.

 

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Arbustos inconscientes, laberintos filosos,
el resplandor estático del amanecer.
Colores lustrosos, las nubes se encargan
de protegerlos de la eternidad de las 7pm.
Cascadas de afecto sin realizar,
una muerte menos, consuelo que atormenta.
Vacío el canal a chapotear sin parar,
que el caudal detenido trae la dicha angelical
y te sustrae del tiempo de amar y de odiar.

 

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LA PALABRA
Hoy es uno de esos estados, una atmósfera conocida.
Toda palabra suena petulante, cada sonido
asquerosamente lineal.
Empero, pero, acaso, algún martirio acosador,
carne roja desbastándose, por cosas sufridas,
pedantes, castigantes y gigantes.
Perdido así estuve recién marchando veloz,
el miedo a mi lado, mirándome a la cara,
clavándome despiadadamente su verdad soñada.
Con ellas a mi lado, dejándome asolado
en esa mudez, ese vaivén, con esta estrechez,
solo y sola me ha dejado, sin dejarme escuchar
ni decir con cándida voz febril, esa potencia pueril.
Estas son solo vergüenza, solo mentir, solo el
desecho real y material, prefabricada de
conciencia infantil, esbozo de una posible
perdición en la soledad oscura del porvenir
pleno de sentido, sin sentir amor, siempre.

 

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Sé que sólo abrazo una cascara de nuez podrida por dentro.
Sé que nunca entenderás aunque caricias te ablanden.
Sé que te pierdo a cada momento
a pesar de que crees conquistarme.
Esa sonrisa no llegará, tu mirada no hablará,
y si me quiebro entera ante tí, sé que sólo conseguiré
un instante más, una sonrisa torcida, un vacío destellar
de tu mirada perdida al garchar.

 

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Dudo que algo se pueda decir. No es que no haya dicho nada,
simplemente he intentado arduamente decir demasiado,
advirtiendo solapadamente lo mucho de lo vanal de mis intentos.
Todo está dicho de antemano y no hay nada que hacer.
El contenido es la peor de las ilusiones, sólo las formas
estéticas y artísticas valen de ser profundizadas.
¿Qué puedo decir de la ayahuasca que no traicione la experiencia,
o que no trate de convencer de que en última instancia es medicinal,
terapéutica, hedonista, vivificante, afrodisíaca…?
¿Es que acaso no es medicinal ni terapéutica?
No, es todo y nada a la vez. Es toda la sangre de la humanidad,
con sus vetas y colores, los del cosmos entero, la sangre de los animales,
de los alienígenas y la sangre seca de las rocas y montañas.
Es la sangre eléctrica de un átomo y la sangre camaleónica del HIV.
Contiene todas las sabidurías del universo, y sin embargo
no se atreve a ser; no dice nada, ni se desdice, ni escribe, ni habla.
Se oculta infinitamente de ilusión en ilusión, de rostro en rostro.
Sin dejarse ser, sin limitarse; sólo gozando de lo ingozable,
de lo prohibido, de lo cercano, de lo más cercano.


Otros textos de Juan

TOSTADAS EN EL HOTEL INCA

 

Hacer una tostada. Nada importante. Nada interesante. Sin embargo en el hotel Inca es indispensable. En días de verano los 37 huéspedes del Inca esperan satisfechos el desayuno en el comedor. Este consta de 2 media lunas, dos tostadas y dos tortitas, café con leche, té negro o yerbita. Sin embargo preparar las tostadas constituye treinta desesperantes minutos de esclavitud y sometimiento al arbitrio de un hornito de treinta centímetros por treinta, sostenido por cuatro patas de metal de medio metro de altura. Hacer tostadas demanda mucha imaginación.
Así otros mundos me llaman al sueño como los fantasmas al olvido. El casi imperceptible humo de las hogueras que intentan proteger de las heladas los cultivos perdidos en la inmensidad de la selva. La tortuosa naturaleza enloquecida de variedad y verde impenetrable. Camionetas que pasean en la oscuridad de un mundo ajeno y extraño, esquivando charcos y zigzagueando por curvas desesperantemente idénticas. Los movimientos gozosos del conductor salido de video juegos.
En esos treinta minutos, la vida se deja palpar y me estremezco al considerar la presencia del tiempo, tan estable, tan radical, tan pesadamente consistente. El tiempo se transforma en plomo. Es como si fuese un artificio de la alquimia, magia negra o voodoo. El escape lo encuentro a veces. Sé que esta al alcance de mi bolsillo.  Al ver el pan envuelto en la grosera bolsa de plástico reposando sobre la mesa de la cocina, un escalofrío me sacude de pronto y, convencido de mi deber, me lanzo a mi tarea nocturna. Inhalo profundo, contengo la respiración con frescura. Tomo la bolsa de pan, la abro y contemplo las tiras de francés que se me hacen cadenas a punto de apresarme. Me doy cuenta de que no tengo cuchillo, ni la tabla de plástico de cocina preocupada por la higiene. No estoy seguro, pero por las dudas tanteo mi pantalón. Luego del suspiro que tranquiliza mi memoria, abro el cajón de la mesada y elijo entre dos desafilados cuchillos. Busco la tabla, que generalmente está en una pieza contigua a la cocina, sobre una heladera que todavía no sé lo que contiene, y que no me interesa saberlo en absoluto. Me tomo unos minutos y algunas de más, y la traslado hasta la mesa. Tomo una tira de pan con la mano izquierda y con la derecha el cuchillo de mango naranja y dientes apretados, sin filo. Y empieza el verdadero tormento.
Es el poderoso sentimiento de llevar una empresa destinada a combatir la muerte con la muerte, la soledad con la soledad, el sueño con el sueño. Los estruendos en las fábricas. Las balas de plata. El silencioso odio y descreída pasión. Blancas almohadas que destinan el destino. Una espera sin escándalo ni quimeras de salvación, ni de encuentros teológicos, ni moral represora. Solo blancas almohadas en lechos verdes y una ética del encuentro afortunado con el precioso cuerpo extraño.
Automáticamente mis brazos y mis hombros, se despliegan como las extremidades de una máquina que repite movimientos sin cesar y de manera programada. Le corto el culito a la punta de la tira, y comienzo a darle tajadas de puro odio. Pero lo hago con el mayor cuidado, con una determinación que a veces me asusta, e insiste en la perfecta proporción de las primeras muestras de rodajas. Ocho milímetros. La justa tostada. La perfecta tajada.
Un traje blanco impecable lo viste de alegoría. Tiene los ojos perdidos y lejanos de aquel que sabe que lleva consigo la responsabilidad de sostener  pacto con el diablo. Conoce su destino, ha visto a su verdugo, es su amigo su mano derecha, su sombra, su réplica y su empleado
A razón de seis cuchilladas por rodaja, descompongo la línea que rebano con tanta precaución. Una tras otra, caen horizontalmente formando un conjunto de futuras tostadas que se apilan a cuarenta y cinco grados desde el extremo derecho de la tabla hacia el izquierdo, a medida que destrozo el pan para transformarlo en futura energía humana, la imprescindible para comenzar un día digno de discovery helth. La tira completa no cabe en la tabla, así es que, cuando ya no entran mas rodajas en ella, sigo cortándolas, haciendo otra fila por debajo de la anterior. Pero antes de bajar escalones, me sueno la nariz que a esta altura ya no la controlo y siento que ocupa la mitad de mi cuerpo y aunque no lo quiera y trate de contenerme sé que otra no hay. El último trozo de pan es el más irritante y el que da más trabajo. Así es que, me toqueteo el bolsillo derecho, recapacito y tomo aire nuevamente, bien inclinado sobre la mesa.
Es el traidor engolosinado, el que marca los pasos del jefe y conoce muy bien a su sastre: ya se ha hecho tomar las medidas de su futura estampa, ya se ha visto trajeado en el espejo sin encontrar más que un rostro. Se encuentran a solas en el depósito. Ninguno baja la mirada. Se reconocen en el otro. Comprenden el instante. Ninguno de los dos retrocede sabiendo lo inevitable del resultado. El jefe no se deja traicionar pero reconoce con solemnidad y sin desenfreno el momento del fin. Ya lo ha vivido. Vio el fuego que brotaba de los antiguos depósitos de cocaína que quemó, como símbolo de superioridad y anuncio de su llegada al poder, luego de haberle dado muerte a su antiguo amigo. Volvió a sentir la sangre derramada del jefe, del amigo, la lúcida  desesperación de la grandeza, la nariz hinchada de vanidad, los pulmones sedientos de poder, el cuerpo destrozado de soledad consumada, la resignación del tiempo detenido, el futuro comprendido, su muerte anunciada en el cuerpo baleado de su doble asesinado.
Pienso que se debe a que es la extremidad que más alejada esta de la boca de la bolsa y conserva más humedad que la otra punta de la baguette. Cuando me acerco a esta parte de la geografía de la materia harinosa, comienzo a notar que, para sostenerla, debo hacer mas fuerza y el pan se comprime haciendo muy difícil el rebanado. Por otro lado, el diámetro final de la tostada se reduce y en cambio el grosor aumenta y es mucho más jodido hacer que la feta no se reduzca a miga sin forma. Dos tiras completan el espacio de la tabla. Me sueno la nariz.
El instante de su muerte le basta para comprender que no había duelo alguno, no se encontraban dos cuerpos enfrentados disputando por la vida. Su amigo, traidor, mano derecha, amante de sus mujeres, su confidente y verdugo eran con él, uno. Se supo muerto y resucitado. Ardió el depósito de los sueños barriales, el centro de los corazones en fuga y la desesperanza. Nada cambió a pesar que la historia se fundió en un instante. Las distancias no se acortaron ni se ensancharon. Pero el humo de las hogueras se sintió en un débil sueño a miles de kilómetros de distancia en forma de suaves reminiscencias que aplacan el tedio de vidas perdidas en labores y obras sin sentido ni fin.
Luego de haber rebanado las dos tiras de pan francés hasta convertirlas en futuras tostadas y después de haberlas colocado en la parrilla y la parrilla en el horno, espero. A las baguettes ya no recuerdo, las rebanadas de pan ya no cuento, al cuchillo sin filo ya no lo sostengo, el horno me es indiferente y a mi napia no siento. Ya no distingo la distancia entre el sueño y la realidad pero reconozco, mientras espero que se hornee el pan, cómo los tiempos se funden y todo se comprende en un suave movimiento de la vida a la muerte y viceversa y siento el humo de las hogueras en las plantaciones y el humo del depósito incendiado por el nuevo dirigente del olfato de todos los adictos alrededor del mundo. Bruscamente me despierto del trance y corro del sillón a la cocina, y saco del horno las tostadas quemadas y duramente vuelvo a comenzar.

juan


PARA VOS JUAN, MI HIJO Y MI GUÍA
Por Silvina Jardel

 

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Duele el simple respirar, las palabras que no fueron,
y las dichas que no debieron ser, lo más simple,
el cocinar, tener hambre, el seguir, vivir…
Tanto amor, y a la vez tanto sufrimiento escondido
ahí dentro, todo el tiempo.
Me sostiene lo que fuiste, intentando la esperanza
cada día, repartiendo tu alegría en cada vida,
Buscando el amor puro, eso que eras, lo sabías?
en cada uno y en cada tierra compartida.
Desechando el conformarnos, lo mediocre, la perfidia,
el resignarnos o regodearnos en lo vano, tan humano!
Dispusiste no seguir en este cuento, buscar otro camino
y la calma en algún sitio; y la libertad tan deseada,
sin fronteras de ningún tipo.
Ojalá que en el fin de tu desespero, hayas partido
a ese inicio muy tranquilo, encontrando la luz que
te guiará hacia la PAZ, final ansiado, que te has
ganado por tus sinceros desvelos terrenos.

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Cada uno es una locura diferente y única;
mendigando amor, sin adentrarnos, luchando
necia y superficialmente en el intento.
Vamos como avanzando, saltando, retrocediendo
niveles, como encerrados en un juego,
en estas cáscaras que somos, en esto que vemos,
sin ver ni atender al que observa dentro nuestro.
Actuando bien y mal, vamos dejando estela;
huellas profundas en nosotros y otros;
absorbiendo y destellando chispas a cada paso,
queriendo a veces mejorar algo,
penitenciando al perverso mago
y buscando al viejo sabio.
Dificil se hace marchar tan a destiempo,
recayendo en el olvido y en el reclamo,
esperando que finalmente el amor nos atrape
y no nos suelte, ni soltarlo!
Comprender más y mejor y desear el cambio
llevará a comenzar a practicarlo?
Despertando finalmente, y tal vez juntos
al unísono, norte, sur, este y oeste
haciendo un click, el primer paso podamos dar,
sujetando al ego, y al amor desatar!